jueves, febrero 22, 2007

Vuelve para irse

En el sueño le digo a un chico guapo de mi clase que siempre que sueño con mi padre, le veo de lejos, con el chándal del Real Madrid, como ese hombre de ahí, como ése que estamos viendo ahora. Le digo que nunca me atrevo a acercarme, por miedo de que resulte ser otra persona. Pero es mentira, es sólo en ese sueño. En otros le abrazo. Su barriga prominente y peluda me impide cercarlo del todo, pero le abrazo, y noto los pelos en mi piel. Quizás estamos en la playa, quizás en casa (en la cocina, en el salón) pero siempre tengo la certeza de que se va a volver a morir de aquí a dos o tres meses. Y entonces le abrazo aún más fuerte, sabiendo que es para mí, pero que también es algo que debo comunicar a mis hermanos que no están ahí en ese momento: me ha elegido a mí como mensajera.

En el día a día, le veo por el retrovisor de mi coche cuando estoy parada en un semáforo. Sí, es él, no puede ser otro. Es su Renault Express blanca, es su jersey de antaño roído, es su barba recia de tres días, incipientemente canosa, es su pelo algo descuidado, es su olor a after shave barato que puedo percibir desde aquí. Pero tengo la misma sensación que en el sueño, me da miedo girar la cabeza y que no sea él, poner los dos coches en paralelo, mirarle de perfil, y que no sea él.
Le reconozco entre tantos hombres de mediana edad… todos podrían ser él, cualquiera podría ser él: curva de la felicidad, de la cerveza, asomándoles por encima de los pantalones caídos, sujetados por el cinturón, papada algo hinchada (algunos, descubro, toman cortisona), aire cansado en los ojos, andares de pies abiertos, y manos rudas y callosas.

Todos podrían ser él, pero ninguno lo es, y los ratos en que vuelve, sólo lo hace unos minutos, los justos para darme cuenta de que debo abrazarle de nuevo y dejarle morir.

sábado, enero 20, 2007

La colcha nueva y las ganas de llorar

Tengo ganas de llorar porque no me gusta la nueva colcha de mi cama. O más bien porque no me atrevo a confesar a mi madre que le mentí cuando, al verla puesta por primera vez, dije: “¡qué chula!” y me miró con cara de total felicidad.

Pero es imposible. Al principio me parecía una colcha aceptable, luego fea, ahora me parece abominable. Sus colores amarillentos y rojizos no concuerdan con los de las paredes de mi cuarto, su abultada tela me molesta, sus remates ondulados no van acorde con las líneas rectas que predominan en mi habitación (mamá, si sabes que si algo odio son los volantes, pero mamá, qué chula es la colcha que me has comprado).

Cada vez que la veo me entran ganas de llorar. Me imagino el momento de decirle: “mamá, quizás me precipité en mi juicio, ahora me he dado cuenta de que quizás no me gusta la caída de la tela ¿no? Así, la manera ondulada en que cae, que no cae del todo, como que es abultada. No sé, hay algo que no me acaba de convencer”. Entonces su cara de total felicidad se transforma en la ya conocida cara agria de decepción y autocompasión de “te he vuelto a comprar algo que no te gusta. Lo sé, no tengo ningún tipo de gusto, pues vas tú y te compras la que te dé la gana”. Entonces me sentiré mal por que mis gustos no concuerdan con los de mi madre y a su vez, me sentiré aliviada por ello.

Una amiga me ha sugerido que derrame un bote de tipex encima o que se me caiga por accidente el tintero donde relleno el émbolo de mi pluma, pero me parece aún más cruel que confesarle que le mentí, porque además, me la imagino día y noche llevando a cabo mil trucos para limpiar la mancha de la colcha.

Quizás le diga que me da demasiado calor (cosa habitual) y me molesta apartarla por las noches así con los pies, sí, quizás sea la respuesta más adecuada, sin interferir en la cuestión del gusto que tanto nos diferencia, será una cuestión física frío-calor. Pero no se lo creerá porque mi cara torcida de poco convencimiento me delatará.

No sé que hacer con ella, cada vez la veo más grande y más horrible, le estoy empezando a ver pelos y pezuñas. Pienso que esta noche debo dormir debajo de esa capa y me entran escalofríos, dormir bajo tal fealdad debe causar pesadillas.

De momento voy a materializar mis ganas de llorar sobre ella, después... después ya se verá.

martes, enero 02, 2007

El pollo

El pollo, el pollo con una pata, el pollo con las dos patas, el pollo con las alitas, el pollo con la colita, y ahora te toca a ti.

Lo siento, si no lo digo reviento.

martes, diciembre 19, 2006

Con nombre, sin cartas

Cuando voy a salir del portal forcejeo el buzón para abrirlo sin llaves (nunca me han confiado una de esas). Miro los nombres y veo que aún está el de mi padre. Salgo a la calle pensando en qué sentido tiene, si ya no vienen cartas para él.

domingo, diciembre 17, 2006

World Press Photo '06

Todo está oscuro y silencioso, a pesar de haber luces y mucha gente. Da la sensación de estar en una cueva, en un subterráneo, en un túnel secreto redondeado con arcos, a pesar de que es un primer piso.

Lo primero que ves mínimamente iluminado es una foto de una señora de piel negra con una mano minúscula apoyada en su boca. ¿De quién será la mano? Te acercas al (minúsculo también) panel informativo, no por su contenido sino por su tamaño, y sabes de quién es la mano y qué miseria es la que le ha tocado vivir. Como te duele, o mínimamente te afecta, o mínimamente te encoge, te giras con ansias de ver algo menos comprometido. Te encuentras una retahíla de fotos de deporte: Sharapova gana un partido y está la mar de contenta, Andy Rodick realiza un revés descomunal, una saltadora se deja la cabeza en el trampolín, un niño africano se entrena en la barra de ballet (con las puntas de las puntas destrozadas) a un boxeador se le cae el protector dental después de un puñetazo y unas patinadoras callejeras estadounidenses tatuadas, literalmente, hasta las cejas, se dedican a empujarse las unas a las otras y a hacerse moratones (por si no teníamos suficiente violencia, éramos pocos y…). Ah, y un toro dejando fuera de juego a un caballo en una corrida. (parió la abuela, o la burra, o el burro).

Pero ojo, porque empiezan a mostrarnos lo desgraciado que es el planeta tierra y sus integrantes. Nos empiezan a mostrar a unos jóvenes de China trabajando 24 horas al día en la reproducción exacta y perfecta de obras de Van Gogh o de quien se tercie. Ojo, porque nos empiezan a relatar el proceso de un cáncer de mama en una mujer (con todas sus fases: dolor, creencias en Dios, cabellos rapados al cero, implantes mamarios, medición por parte se su hija pequeña de los centímetros que crecen de pelo en su cabeza, día tras día, etcétera).

Pero cuidado, porque hay muchas guerras y catástrofes naturales, o simplemente, mierda en el mundo (con perdón). Cuidado porque hay niños que se han quedado ciegos por culpa de la desnutrición y juegan a fútbol con una pelota que integra un cascabel. Cuidado, porque hay un niño que cada día le ata los botones de la camisa a su padre porque este tiene ambos brazos amputados por vete tú a saber qué desgracia.

En medio de todo este dolor, de este supuesto dolor suyo y nuestro, nos muestran un blanco puro, un blanco polar que nos deja con la intención de respirar. ¿Qué es esto tan blanco? ¿De dónde ha salido? Pero, atento, hay una mancha roja en medio de esta pureza. Tranquilos, es algo normal, un oso polar se está comiendo a una foca. Ley de vida, cosas de la cadena de alimentación. Se me antoja como una metáfora de los humanos. Tranquilos, es ley de vida que nos destruyan los huracanes y los terremotos (Qué hija de puta la madre naturaleza,-con perdón, otra vez- no es sabia, sino que tiene mala baba, ¿quién será la madre de la madre naturaleza? No quiero ni imaginármelo). Tranquilos, es ley de vida que nos maten en la guerra. Tranquilos, es ley de vida que nos sorprendan enfermedades terminales. Tranquilos, es la mierda de mundo que le ha tocado vivir a la foca, ser una mancha roja intensa que joda la foto o que la haga aún más bonita.

Crees que estás solo en la exposición, te acercas tanto a las fotos para leer la minúscula letra de la explicación que parece que no haya nadie más. Los gafapasta no ven si hay alguien al lado suyo, la montura de las lentes no se lo permite. Eso da aún más sensación de intimidad con la foto. Pero te giras y te chocas con alguien, perdón, perdón. Hay tanto silencio, tanta parálisis. Sólo se percibe algún movimiento de negación con la cabeza. No, no, no, este mundo no puede ser tan mierda. No, no, no, no puede haber tanta injusticia. No, no, no, no me cabe en esta misma cabeza que está haciendo movimientos de negación todo lo que veo. Y algún que otro sniff pero no de llanto, sino de mocos, porque en dos días parece que el invierno ha llegado.

Sigues y cada vez los ánimos van decayendo. O mínimamente decayendo, o imperceptiblemente decaen. (No quiero globalizar las sensaciones, así que: los míos decaen). Un soldado patea la cabeza de un civil en la Rue de l’entente (calle de la armonía). Gente se juega cada día la vida cruzando un puente de madera destruido por un terremoto de seis o siete grados en la escala Richter en Pakistán. Un niño se agarra al cuello de su padre con el único brazo que le queda, el otro se lo están cosiendo tras amputárselo. Un hombre mira a un paisaje propio de Apocalypse now tras el paso del huracán Katrina, territorios inundados y casas ardiendo entre palmeras. Un poco antes, o un poco después, bandas callejeras (maras) de Ciudad de Guatemala se matan, no en la calle, sino en la cárcel, cortando cabezas de cuajo, más propio de Tarantino que de otra cosa. En otras cárceles, esta vez de África, los presos no caben en las estancias. Todos duermen apiñonados en el suelo y no se mueven ni cambian de postura hasta que uno de ellos, designado a esa tarea, avisa. Por otro lado, una niña negra vestida de blanco, yace en el suelo después de haber muerto a causa de la disentería. Hay mucha gente a su alrededor, mirándola. Me recuerda a La santa de Gabriel García Márquez. Todos parecen esperar un milagro… esa niña: ¿pesará?

Poco más o poco menos recuerdo de esa exposición. Solo me viene a la mente que salí de allí pensando que, somos todos unos animales, sino…sino no lo entiendo.

viernes, diciembre 15, 2006

Doppelganger (II)


Que no miento si os digo que hay una doble que camina a mi lado. Aunque no sepa cuál de las dos es.

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foto: gotita

domingo, diciembre 10, 2006

David me da miedo

A veces tengo miedo de quedarme a solas con David. Me vienen a la mente imágenes de la noche en que casi se muere. Le veo de color morado en el suelo y con espuma en la boca. Yo corriendo por el camping y las piedras clavándoseme en las sandalias. Yo llamando por teléfono y su hermano llorando abrazado a mí. Yo imaginándome el discurso que soltaría en su velatorio.

Le miro, con esos ojos tan azules a punto de salirse de su hueco, y me da miedo. Pienso en esos dos ojos tan azules rodando por el suelo.

Cuando me siento en su cama, David mira a la puerta en vez de a mí. Siempre pienso que está viendo a alguien a punto de entrar, y me da miedo. Es entonces cuando yo miro la lámpara colgada del techo, que siempre se balancea. Luego, intento buscar explicaciones: el metro pasa por debajo de su edificio, el diseño arquitectónico tiene algún fallo y se tambalea la estructura, eso hace que, al pasar los coches por la calle, se muevan los cimientos y así el techo y así la lámpara no para quieta. Etcétera.

A veces me lo imagino en posición reptil, camaleónica, siendo piedra en la iglesia de Banyoles y siendo tierra en una montaña de Graus, convirtiéndose a veces en abeja y, a veces, en culebrilla.

Le oigo respirar fuerte en templos budistas y recitar tantras. También me da miedo. Creo que le va a entrar tanto aire que se va a ahogar. Creo que va a entrar en trance y se va a evaporar.

Siempre me mantengo en alerta cuando él está cerca, por si acaso. Es una sensación extraña, esta. Que te dé miedo tu mejor amigo.

lunes, diciembre 04, 2006

Despites (Il)

Mientras iba en el coche explicándole a mi hermano mi creencia de que el despiste es debido a que hacemos una cosa pensando en otra, iba intentando acordarme de cómo se dice miolar en castellano (maullar) para escribirlo en un sms y abrí la puerta del copiloto en plena Ronda del Litoral en vez de la ventana para que mi bufanda del Espanyol ondeara al viento.

miércoles, noviembre 29, 2006

Mirando sin mirar

Primero fue Gregor Samsa plastificado en negro, indeciso, intentando cruzar y al día siguiente, sin cabeza.

Luego fueron osos de peluches sucios, balones de fútbol deshinchados o cortados por la mitad. Animales muertos, viendo día a día su perfecto ciclo de putrefacción. Palos de escobas, llantas abandonadas y chanclas desgastadas. También un cinturón y un casco de plástico blanco.

Después fueron unos hombrecillos vestidos de fosforito yendo de un lado para el otro con aparatos en la mano, y ese fue el último día en que el viaje desde mi punto de partida hasta mi destino fue entretenido. Ese fue el último día en que me jugué la vida mirando hacia los lados de la carretera en vez de hacia adelante.

jueves, noviembre 23, 2006

Sobre la vida de un banco-balcón

Cuando pensamos en un banco nos sobreviene, inevitablemente, la imagen de un banco de madera, solitario, esperando en un parque, incluso con las hojas otoñales sentadas sobre él. Pero, en un espacio aislado de Barcelona, hay un banco que difiere de esta triste imagen. Es un banco lleno de color, serpenteante, en lo alto de un montículo desde dónde se ofrece una panorámica privilegiada de la ciudad. Un lugar que invita a la reflexión y en consecuencia, fuente de inspiración para artistas y bohemios. Sin embargo, este también es un paraje altamente promocionado desde el punto de vista turístico.

En cada uno de los peregrinos existen razones distintas para acudir a este lugar. El reclamo puede deberse, o no, a la dimensión que ha adquirido Gaudí a nivel internacional. Sea come fuere, lo cierto es que el famoso banco del Parque Güell ha devenido un lugar que, a ciertas horas del día, deja de lado su carácter humanista y espiritual para acoger un gran número de turistas. De esta manera, se convierte en una zona de recreo donde multitud de personas hacen su parada obligatoria y se explayan de formas diversas.

La sensación que evoca este banco es provocada por el dibujo, el colorido y la forma del mismo. El banco del Parque Güell es el reflejo de una variedad cultural. Indagando en él descubrimos que, de la misma manera que los pedazos de vidrio y cerámica forman el mosaico de colores, las personas que allí se encuentran crean también un mosaico cultural. Cada persona, familia o grupo de jubilados son pigmentos que representan realidades dispares pero que, al congregarse en un mismo espacio, dan lugar a este cuadro variopinto.

Nos hemos encontrado con multitud de anécdotas, situaciones curiosas, personas y personajes esperpénticos, pero aquello que hemos querido resaltar y dar a conocer son los pequeños momentos de reposo de un turista cansado, al que casi podemos oler sus pies; la complicidad de niños y padres jugando durante unas vacaciones; la inspiración de un artista al contemplar el paisaje desde el balcón de Barcelona; la curiosidad de un bebé al asomarse y sentirse más grande por una vez; la expectación de unos turistas maravillados ante el panorama que se les presenta y entre todo ese gentío y movimiento, la tranquilidad que se puede sentir al sentarse en nuestro banco y simplemente observar lo que sucede a su alrededor.

Y es ese momento especial lo que precisamente hemos querido retratar, ese fragmento de la vida del banco del Parque Güell, que sirve para reposar, inspirarse o jugar, pero también para sentarse y ser banco. En el que te sientas y ves eso que él ve, ese mundo que se construye cada día, distinto y único cada vez.


































































































































1. Sentada en el libro
2. Gaudí hipnotiza perros
3. A la cabeza de Barcelona
4. No me hagas cosquillas
5. Mientras dormías
6. Estuve en Barcelona y me acordé de ti
7. Fotolplix Fotolpix, mucha foto y poca money
8. El pie de la foto
9. Soy el rey del mundo. Aka Me como la farola
10. Jaque mate y dado
11. Mira más allá de su propia pipa


Autores: Ainara A., Judih F., María F., Laura G., Daniel M.

jueves, noviembre 16, 2006

Exposición Agustí Centelles: Les vides d’un fotògraf 1909-1985.



Al primer paso que doy en la exposición me encuentro a un señor francés que me explica que Agustí Centelles durmió nosecuantos años en esa cama pequeña, que era un buen hombre, y muchas cosas más de las que no me entero, poniendo por delante mi tozudez de no leer los subtítulos y hacer todo un écoutez en condiciones. Entro en su cara a través de unas cortinas de plástico, sin saber lo que me ocurrirá al traspasar la frontera de la Barcelona del 2006 a la de los años 30.

“¡Qué 900 pesetas más bien invertidas!”, pienso y digo a mi acompañante, al comprobar que es lo que le costó a Agustí Centelles esa cámara ligera, pequeña, portátil, que en aquella época resultaba ser un juguete, capaz de hacer tres fotos de una misma jugada de fútbol. La Leica. Veo el campo del Barça, el campo del Espanyol, saltos de pértiga en Montjuïc, vueltas ciclistas, etc. No conocía esta faceta de Centelles. Veo actos festivos de Barcelona: niños en las calles de Gràcia, la Fira de Santa Llúcia en Navidad, el día de la Palma, las hogueras de Sant Joan, una Barcelona cuanto menos idílica. Pero eso, en el siguiente pasillo, se acaba: las cosas se ponen feas en Barcelona.

Los nacionales intentan hacerse con la ciudad en el año 1936 y hay una resistencia sin igual, todos en las calles, en las barricadas (A las barricadas), disparando, defendiendo Catalunya. Iglesias destrozadas, y por qué no, arte destrozado, agujereado, quemado. Curas y monjas huyendo. Transporte público colectivizado, las pegatinas de CNT decoran autobuses y tranvías, y, “¡Ostras!, ¿qué hace George Orwell allí al fondo? De verdad que este se metía en todos los fregaos”.


De
ese contexto es la foto (sorprendentemente cortada, porque también podemos centrar a posteriori la fotografía en el detalle de la realidad que más nos interesa) de tres milicianos parapetados detrás de dos caballos muertos, apiñonados, disparando hacia no se sabe dónde pero sí hacia qué. Es una de las imágenes captadas por Centelles que más vueltas ha dado al mundo. Y para mí es inevitable pensar en la muerte de los caballos, más que en los disparos de la resistencia republicana. Porque ellos, ¿qué saben de guerras? ¿Cómo le podrías explicar a un caballo que hay un país lleno de caballos igual que él, pero que un día, o dos, o tres años se enfadan todos y empiezan a matarse, y ganan unos y otros muchos caballos tienen que irse corriendo a otros países de caballos…? y el resto de la pegunta, por desgracia, ya lo sabemos todos. Y a toda esa carne de caballo muerto, quizás le queda el consuelo de que un día sirvieron para que tres milicianos republicanos se salvaran (quizás, también) de decenas de disparos. Y esta reflexión, esta pregunta, para todos aquellos inocentes, y para todos aquellos que no les puede caber en su cabeza (inocente), mente (inocente), cerebro (inocente), que no pueden procesar la información (no tan inocente) de que pueda haber guerras por ideas y entre hermanos, y que además, hayan tenido que luchar obligados en ellas.

Otra imagen que me asalta es la de un guardia muerto en el suelo, sólo se le ve los pies y la gorra, porque el resto de su cuerpo está tapado por una bandera de Catalunya, por les quatre barres, y a pesar de ser una foto en blanco y negro, se ve el color amarillo y rojo.

En el siguiente espacio veo euforia colectiva, algunos hombres y mujeres se van, contentos, a luchar al frente de Aragón. Algunas mujeres se quedan, no tan contentas, lloran y dan los últimos besos a sus maridos. Y desde una Barcelona setenta años más vieja, noto el sabor de esos besos: polvo y pólvora.

Murmuro a una de esas fotos, con pena: ¿Cómo podéis iros tan contentos a una guerra? ¿No sabéis que os van a matar? ¿No sabéis que vais a matar? No sabéis que, setenta años más tarde, aún en esos lugares va a sentirse el temblor de las paredes y la esencia de la destrucción? (en Belchite, por ejemplo) Y lo peor de todo, queridos milicianos, ¿es que no sabéis que en esta guerra no ganó nadie, más que el límite de la crueldad?.



Y no se puede olvidar el bombardeo de Lleida y el rostro de desesperación de esa mujer arrodillada al lado del cadáver de su marido, que por ironías de la vida y con la banda sonora de la voz de su hijo de fondo, descubrimos que fue matado por un avión que defendía su causa. Y el descontento del primogénito al sentir que la foto del máximo dolor de sus padres es una de las imágenes más conocidas de la Guerra Civil. Quizás mejor que ese dolor quede en casa.




Lo que ya sabemos todos, en el 1939 toda la euforia, las ilusiones, las esperanzas de nuestros protagonistas se van al traste. Agustí Centelles se autoexilia a Francia y queda internado en el campo de concentración de Bram. Esta vez, la banda sonora es la lectura desoladora de su diario personal, donde cuenta las miserias vividas. Se me viene a la cabeza, tristemente, que ni siquiera el exilio era la salvación para los que habían defendido la causa republicana. Y es que el límite de la crueldad, el ganador, traspasó incluso fronteras. Quizás a Centelles le salvó su carné de periodista expedido por las autoridades francesas. Quizás los centenares de negativos que llevaba en su maleta y que no vieron la luz y la positivización hasta muchos años más tarde. Y no habiendo salido de una guerra, se metió en otra: La Segunda Guerra Mundial. Defendió la resistencia francesa falsificando documentos, y tuvo que volver a exiliarse al ser descubierto, paradójicamente, a su propio país, donde vivió de forma clandestina durante años.

Salgo de este espacio y siento como un alivio a la angustia revivida, bajo unas escaleras, miro un trozo de calle de la Barcelona del 2006, donde no hay disparos ni caballos muertos, entramos en otro espacio, donde lo primero que veo es un “bodegón industrial”. Pienso que me he equivocado, que he entrado a otra exposición, pero sigo viendo el título de Agustí Centelles en las paredes. También fotos de los laboratorios Uriach, de conejos y ratones en experimentos, de mecanismos, de Siemens, de modelos guapas en jeans, de una máquina de chupachups, de unas chapas de Fanta y Cocacola, de un trozo de un perfecto mercado de La Boquería (ah no, no es una foto, es un ventanal, disculpen). Qué cambio más radical. Qué diferencia de vida de fotógrafo. Qué diferencia de país. Qué diferencia de realidad.

Salgo a la calle y veo unas paredes empapeladas y llenas de graffities divertidos, de otro arte para subsanarte. Maldigo no llevar una cámara en ese momento, y no poder retratar ese detalle de realidad, ese detalle de suerte de Barcelona en la que ahora mismo paseo, y vuelven a mis ojos una imagen de principios de los 30, cuando unos centenares de niños esperaban contentos e impacientes la salida de unos payasos en una calle decorada de Gràcia.

viernes, noviembre 03, 2006

Malos presagios

Justo antes de salir de la peluquería se dio cuenta del terrible dolor de cabeza que le había causado cortarse el pelo en pico. Lo consideró un mal presagio.

Justo antes de que acabara la manifestación, se dio cuenta de cuánto le dolían los huesos y de lo prominentes que resultaban las ojeras. Lo consideró un mal presagio.

Justo antes de salir de casa, se dio cuenta de que su camisa (negra) no olía a él. Lo consideró un mal presagio.

Justo antes de salir del hostal se le rompió la cremallera de la falda granate de pana. Lo consideró un mal presagio.

Ambos se avisaron de los inconvenientes, de los infortunios, de los malos presagios. A ambos se les ocurrió cancelar el encuentro. Se les pasó por la cabeza la situación de torpeza y de adormecimiento, de silencio y parálisis.
Ambos consumieron el día y la noche esperando una llamada del otro para anular la cita.

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N. del A. Gracias a Aizun y Patri por ayudarme a concluirlo una semana después de haberlo iniciado.

martes, octubre 31, 2006

Te regalo coces y hoces, terribilitá

Hoy, si llamara a mi puerta una panda de niñatos disfrazados de fantasmitas los envolvería en caramelo y me los tragaría sin masticar. Sólo salvaría a aquel de la ortodoncia que no puede comer sugus y que dedicará su vida a fabricar chocolate.

Hoy, si me miraras, te dedicaría mis ojeras y te halagaría con mi cara de mala hostia. En vez de besos te tiraría hoces, guadañas afiladas de muerte y coces de yegua.

Tengo la pulsión tanática más aguda que nunca. Bebés volando y hámsteres con las costillas aplastadas. Serpientes a rodajas y pajarillos explotados.

Hoy escupiría en el centro de una diana cada uno de los piñones de un panellet, cada piel sobresaliente de cada castaña. Cada kilogramo y kilocaloría de más.

Hoy, no me importaría que volviera ese gato personificado que amenazó con matarme al borde de un precipicio, mientras le respondería de nuevo: “mátame y déjame en paz, si tienes huevos, gatodemierda”.

Parafraseando a un grande, escribiría tu nombre en boñigas de vaca seca. Te haría un ramo de cardos borriqueros y de postre te ofrecería higos chumbos.

Volvería a aquel rincón siniestro donde compartimos unas horas y le lanzaría un coctail molotov para que nadie volviera a payasear en él. También en aquella cama llena de sangre. También en aquellas sábanas rugosas. También quebrantaría del todo aquel somier astillado.

Volvería a conducir con las manos en los pedales desde el asiento de detrás, sorteando los choques en cada esquina, atropellando a york shires con lacito en el pelo.

Tan cerca de la autodestrucción que me iría a Montjuic a hacer footing, o running, o spinning.

Hoy volvería a aquella maldita puta mesa coja a hablar contigo de lo que hay detrás y no volvería a escribir en mi puta vida.

Sí, es verdad que la línea entre los vivos y los muertos hoy está más cerca, más abierta y más sensible que nunca, sino que me lo digan a mí.

Terribilitá.

lunes, octubre 09, 2006

camisa roja, camisa blanca

Lugar: 12.00h, clase de Guión Radiofónico con Armand Balsebre

Consigna: monólogo de un minuto que contenga metáfora, comparación, descripción, espacio, tiempo, forma, color y movimiento.

Autores: María F., Judith F., Laura G. Frank R.

Basado en una historia que tuvo el fin de semana nuestro compañero Frank R.


No me gustó su camisa roja ni el movimiento lacio y constante de sus pequeñas manos. Hacía demasiado frío para ser las cinco de la tarde, y su camisa roja no iba acorde con el grisáceo de la cuadriculada ciudad. ¿Por qué se volvía a acercar tanto a mi boca? Aroma a Colombia en aquel lugar del que acabábamos de salir. Él insistía en ir a cenar a su casa, pero mi camisa era demasiado blanca para su camisa demasiado roja, para el demasiado frío que hacia, para las demasiadas ganas de no hacer nada. Él, como un gusano envuelto en seda roja y sediento; yo, como una flor de algodón envuelto en blanco y harto de beber su vino. Mientras me iba alejando de él, se arrastraba rastreando mi rastro. Quería comerme, pero él no sabía que el algodón en flor hiere. Me apetecía estar solo, caminar toda la tarde, calle tras calle, boulevard tras boulevard. Así que me fui, recordando que, casualmente, mi camisa blanca sí que iba acorde con el gris de la ciudad.

viernes, septiembre 15, 2006

Un cronopio y una fama cogen el tren (con permiso de Júlio Cortázar, que en paz descanse).

Un cronopio y una fama cogen el tren.

El cronopio desea con todas sus ansias patinar por los raíles, asustar a los pasajeros en los túneles oscuros (uuh), hacer tirolina por el tendido eléctrico, ser el viejecito que con una caña pretende rescatar un higo antes de que sea breva, bañarse en esa balsa llena de sapos y renacuajos, vivir en esas casas circulares que ve al fondo, dibujar en las paredes caballitos de mar y romper en pedacitos todos los diarios gratuitos que ve en los asientos, o hacer avioncitos, pajaritas y barquitos con ellos. Ser chino en china e hindú en la india. Hundirse en los granos de trigo que no ve, pero que están en los contenedores de metal, seguro. Ser un coche de color azul (lluvia).

La fama desea con todas sus ansias sentarse. Escoge cuidadosamente el asiento, escoge estratégicamente el asiento, tiene que tener luz pero que no le dé el sol de cara, tiene que ver al resto de las famas para pensar que no se ha equivocado de tren, ni de dirección, que van todos hacia el mismo lugar, para pensar que no está sola. Mira de reojo al cronopio que mira ilusionado por la ventana y alrededor, y le molestan sus suspiritos y el brillo de sus ojos. Mira de reojo al niño que lloriquea, al chino que habla a voces, a la rumana que pide clemencia (y dinero) y al gordo que escucha heavy metal y que pretende que todos lo hagan. Y los mira de reojo, un poco iracunda, porque no le dejan leer cui-da-do-sa y es-tra-té-gi-ca-men-te to-das las sí-la-bas y los fo-ne-mas de e-se gran li-bro de li-te-ra-tu-ra u-ni-ver-sal que todas sus amigas famas han leído y ella todavía no, y no podrá hacerlo si el universo trenil no se calla.

De mientras, el cronopio está deseando que el maquinista se equivoque de raíles y el tren no llegue nunca a su estación, y así poder seguir imaginando que vive en los pisos de colorines que están encima de la montaña o que chapotea en los gigantes barriles de cerveza de la Damm.

La fama se asusta un poco, porque el tren se ha desviado por un camino que no conoce, mientras ve agitarse al cronopio por la misma razón. Pero llegan a la estación. La fama guarda su gran li-bro-de-li-te-ra-tu-ra u-ni-ver-sal, se mira (de reojo) al espejo asegurándose que ningún rastro de sangre mancha su pantalón , que no tiene ninguna pegatina enganchada en el culo y que ningún rizo se le sale de su perfecta cola de caballo mientras olfatea con cara de asco el hedor de algún sobaco masculino. El cronopio se levanta dando un saltito y llora desconsolado porque el viaje ha terminado.

domingo, septiembre 03, 2006

Despistes


Sí, soy un poco despistada, y creo es producto de vivir en el Mundo-Maga (el de la torpeza y confusión, y el del despiste)

Soy capaz de meter una cucharada sopera de sal de fruta en un vasito de café (y el volcán Eno que eso conlleva)

Soy capaz de no poner el freno de mano de mi coche y llegar a los diez minutos y ver a una mujer intentandolo detener con latas de cocacola y piedras. También de ir de noche sin luces, claro.

Soy capaz de darme cuenta al cuarto día de que tengo mi tarjetero ilocalizado (con tarjetas de crédito, carné de conducir, etc.). Y de perder repetidamente el DNI, por supuesto.

Soy capaz de encender el horno con las sartenes dentro, y extrañarme del olor a plástico quemado como si viniera de Japón. También de dejarme la cera calentando eternamente en el fuego y que se incendie el cazo y se quede el olor a cera de chocolate quemado impregnado unos veinte días en mi casa.

Soy capaz de comprar las entradas del cine en el Servicaixa, presentarme en el centro en cuestión con Anuska y que me digan que corresponden a un cine que está en la otra punta de la ciudad.

A veces no lo hago sola, me acompañan mi hermano, la ya mencionada Anuska, Marina o Mire, todos ellos son también partícipes de mis despistes, como el de ayer.

Llegamos a la feria, a Anuska se le había antojado subirse en el Aladín y en la Rana. Nos disponemos a comprar la ficha que nos dé el pasaporte al cielo de Santa Coloma (xDD), vamos a subir al Aladín y cuál es nuestra sorpresa al descubrir que habíamos comprado dos fichas para el Tren de la Cucaracha. Rojas como dos tomates de huerta decidimos salir corriendo del lugar. Optamos por quedarnos las fichas y enmarcarlas junto a las entradas de cine que nunca se rompieron. Y es que no se puede ser tan despistada, somos, en toda regla, dos empanadas gallegas.




Ficha del Tren de la cucaracha. Estas imágenes dan fe de nuestra hazaña.

miércoles, agosto 30, 2006

Mi chupete se lo llevaron en un cesto de mimbre

El día en que operaron a mi padre del tabique nasal, mi abuela se llevó en aquel cesto de mimbre mi chupete, y a partir de ahí, nada fue lo mismo.

Recuerdo su cesto en el pasillo, el largo pasillo que tenía al fondo el Guernika (que me horrorizaba, que yo imaginaba como maniquís desnudos de tienda de moda, descuartizados, desfilando por la cinta de la caja de un supermercado) su cesto de mimbre de la compra en mitad del pasillo, a la altura de la cocina, su cesto vacío, sólo con mi chupete dentro.

- Qué pies más bonitos que tienes- me dijo, mientras me tapaba con una toca.

“Qué curioso”, pensé, “Mi padre se pasa el día diciéndome lo bonita que soy, pero de mis pies, nunca ha dicho nada”. Entonces me estuve mirando los pies durante un buen rato, pensando en si eran bonitos o no. Me acuerdo nítidamente: estábamos las dos en el sofá de escai pelado marrón, a oscuras, la tela rala me cubría todo menos los pies, que yo seguía mirando, estábamos a oscuras y la luz de la televisión nos iluminaba. Y me acuerdo perfecta y nítidamente porque tenía cuatro años, y a esa edad, que se lleven tu chupete, es una tragedia que se recuerda toda la vida.

Al día siguiente lo estuve buscando desesperadamente en los jarrones, en los estantes con las cintas de video apiladas, en el cajón de las bragas de mi madre, en los maletines de mi padre, detrás de la lavadora, en el cesto de la ropa sucia, entre los libros de texto de mis hermanos (y de sus revistas porno), detrás de los cuadros (detrás del Guernika, incluso, enfrentándome a las cabezas rotas de los maniquís, con dos cojones, todo sea por mi chupete), detrás del cuadro de la mujer azul que, mirando hacia atrás, enseñaba el culo en la playa, y era azul la mujer, os lo juro, y enseñaba su perfecto y redondo culo a todo el mundo que entraba a la habitación, y su rosa negra, y un pecho suyo, solo uno, azul también.

- ¿Dónde está el chupete? – le dije a mi madre seria, sin balbucear, yo vocalizaba perfectamente desde los dos años.
- Se lo ha llevado la yaya en el cesto de la compra.

Lloré, como estaba previsto por las autoridades del lugar, durante dos días seguidos. No dormía, ni comía, ni consentía que me peinaran, sólo lloraba. La sintonía de mi llanto era el réquiem por mi chupete. Maldito cesto de mimbre, y maldita mi abuela que se llevó mi chupete a traición. Desde aquel día, no volví a mirar con cariño a mi abuela. Mucho tiempo después mi madre me confesó que mi abuela no se había llevado el chupete, que había sido una mentirijilla suya porque no había forma humana de deshacerme de aquel trozo de plástico (mi madre y sus cortamos-por-lo-sano) pero entonces ya era demasiado tarde: el odio y el rencor ya estaba infundado.

No soportaba que mi abuela me achuchara cortándome la respiración, que sus enormes tetas me aplastaran la cara, ¿Estaría el chupe entre esas dos? ¿O dentro del perro de porcelana que miraba con cara de odio en la puerta del comedor? ¿O en el último cajón del pequeño armario con música (preciosa y entrañable música) donde guardaba sus joyas? Conspiraba, husmeaba, trapicheaba, espiaba, buscaba, pero de mi chupete, ni rastro.

Una vez perdida la esperanza de encontrar mi chupete, me centré en el de los demás. Era muy doloroso ver aquella preciada pieza en la boca de los otros, esperaba cualquier despiste de la criatura para saborear durante unos segundos, a escondidas, su plástico insípido, morder con gusto su plástico indestructible, tactar con la lengua su plástico liso y moldeable, mirarme al espejo y pensar qué bien me sentaba el chupete en la boca.

Y ese fue mi método durante muchos años, siempre a escondidas, rodeándome de criaturitas preciadas. Cerraba los ojos y, ah, chupete en boca, qué gusto, qué recuerdos, qué ansiado momento, mi chupete a hurtadillas, yo, y esa tensión por que nadie me descubra chupeteando. Luego los lavaba cuidadosamente, higiene ante todo, y los dejaba allí donde los había encontrado.

Nadie sabía la historia de mi secreto hasta hace unos meses:

- Cierra los ojos- me dijo B. un día, en la cama, - pero ciérralos, ¿eh? Que es una sorpresa.

Cerré los ojos a la espera de algún miembro sexual, alguna golosina o algún juguete.
- Abre la boca.

Y me introdujo el chupete. Un pequeño y liso chupete de color rosa y lila, Hero baby.

- Era tan injusto que no tuvieras un chupete…

La sensación de hormigueo que sentí por toda mi boca, y al momento, por todo mi cuerpo, es algo inexplicable. Lo chupé y requetechupeé todo lo que pude y más. Y luego lloré, durante dos días y dos noches, no comí ni dormí, ni siquiera me peiné, lloré y la sintonía fue el aleluya por mi chupete, por la recuperación de mi chupete.

B fue y lo encontró. B. buscó en todos los cestos de mimbre habidos y por haber, en todos los cajones de bragas del mundo, detrás de todos los cuadros de todas las galerías, pero fue la farmacia quien le dio la solución.

Ahora escribo con el chupete en la boca, me lo pongo siempre que no hay nadie en mi casa, le paso la lengua con cariño y lo muerdo con furia, estiro de él, le doy besos. Nuestra historia sigue siendo un tabú en el mundo, y es una lástima, porque es muy pequeño y sólo me llega a medio paladar. En mis sueños más perversos aparece un chupete que cubre todo el cielo de la boca, que llega hasta la última muela, que acaricia toda la lengua, pero de momento, me conformo con el que tengo.

Mi abuela murió y no lloré, los cestos de mimbre quedaron desfasados y no lloré, mis pies, dicen, siguen siendo bonitos, la toca rala la quemé acercándola demasiado a una estufa sin varillas, el tabique nasal de mi padre ahora son cenizas en un río, mi madre sigue cortando por lo sano todo lo que le atañe, el Guernika fue sustituido por un armario y la mujer del culo azul... la mujer del culo azul, y la rosa y el pelo negro, no sé dónde andará.






jueves, agosto 17, 2006

mi amiga la lite...


He aquí mi amiga la lite. Os la presento: me la encontré en las fiestas de Gracia ayer encima de mi cabeza. Desde entonces, y aún más, no me la he podido quitar de encima. Es tan bonita...

Me recordó a las exposiciones de cuentos y poemas que hacía en mi habitación años ha. Colocaba un hilo de punta a punta y con pinzas de la ropa colgaba los papeles donde escribía mis poélicas e invitaba a todos los miembros de mi casa a que fueran a leerlas. Qué idilico todo.


Para hacer un honor a este lugar y a todos vosotros, intenté atraparla poniéndome de puntillas, pero es hábil y astuta, y cada vez que me acercaba, subía más y más arriba. Por una ilusión óptica parece que la estoy tocando, pero no, queridos puntillosos: solo es cuestión de perspectiva, de profundidad de campo, de ilusiones.

martes, agosto 15, 2006

Su casa bajo el sol

Era tal y como me la había imaginado: su casa. Olor a tierra, madera y libros húmedos. Su olor a hierba. Y a tabaco de liar.
Su casa: jardín descuidado y telarañas reproduciéndose cada minuto en cada esquina, hueco, ángulo de su casa.
Su casa: cientos de novelas, vinilos e instrumentos. Su casa, tan suya, tan cronopial, su perro tan saltimbanqui y tan francés: Monsieur Pancheau, enchanté de vous connaître.
Su escasa decoración del salón: una foto de un carrusel con cuatro caballos de madera a la vista, en b/n, nevado; un póster de un concierto de blues del año nosecuantos; una especie de xilofón desentrenado colgando de la pared. Y una chimenea, que creo que funciona, por lo tanto no es decoración, y es vieja y entrañable.
Su habitación: pilas de cds de música, pilas de libros de psicología, filosofía e informática, diferentes ediciones de Rayuela; cuadros de Dalí, un bonsái seco (con telarañas de rama a rama, pieza de museo) y más instrumentos, y más telarañas, y una cama de matrimonio para los dos, lo único esencial e imprescindible.
Su casa bajo el sol: cenábamos con el sol todos los días, y me extrañaba. Miraba por la ventana el anochecer mientras comía, poco a poco, su perfecta tortilla de patatas y cebolla. Él miraba atento cada movimiento de mi mandíbula y cada cara de gusto: “No me mires, y come tú también, que estás en los huesos”, como una madre, igual.
Su casa del revés: calcetines en las estanterías, libros en el bidé, grifos en el sofá, cojines en el retrete, sábanas en la cocina, ollas en el comedor, libros en el jardín, césped en la lámpara, luz bajo la tierra, lombrices en el techo, y la foto, la foto salió movida.
Su casa, donde lo importante es volver.

viernes, agosto 11, 2006

Pendiente Busca Pendiente

¡Un nuevo blogg lanzado por LaMaga a la bloggesfera!
Se trata de un sitio de unión para los pendientes solitarios que bucan pareja, un tipo de meeting- match point-buscaamor para pendientes, zarzillos, arrecades, como queráis. Espero que participéis activamente. ¡Gracias!

www.pendientebuscapendiente.blogspot.com