viernes, marzo 31, 2006

Gafas asimétricas


Como me moría de envidia porque Rosa (palito polo) dibujó a Aizún y a mí no, le he incitado así como el que no quiere la cosa a que me dibujara a mí también.
Con gafas asimétricas, cara de pan, lunares que parecen una mordedura de vampiro y pelo a lo Cruella de Vil, pero me ha dibujado.
Gracias Rous:*

lunes, marzo 06, 2006

Llueve en rincones diferentes

Tú, en un rincón del mundo, y llueve, y llevas paraguas sin querer llevarlo porque te agobia, así que coges y a la primera de cambio lo tiras en la papelera, y sigues, miras hacia el cielo ajustándote el cuello de una gabardina, no sé por qué llevas una gabardina, si tu nunca llevas de eso, y es de color beige y se ven, al fondo, las rayas de tu camisa. Caen las gotas por tus rizos, y después por el cuello vertical de la gabardina, y llueve, y miras al cielo, y sigues andando por la calle, pensando en que en ese rincón siempre llueve pero que lo has aprendido a llevar. Se acercan dos negros y la acera es muy estrecha para pasar los tres, y tú sin pensarlo desciendes hacia la carretera y te da por pensar en planteamientos de territorio que hasta entonces no habían ocupado tu mente, de etnias, de no sé que historias, y después te paras, y piensas en mí, en yo…

…Yo, en otro rincón del mundo que no es el mismo que el tuyo, por esas cosas que pasan de no coincidir ni en tiempo ni en espacio, o si en tiempo pero no en espacio, ya sabes, esos planteamientos de tercero de la ESO que se repiten a lo largo de nuestro juego de vida hasta aburrir. Pero yo estoy en este rincón, y llueve, y odio que llueva porque me estropea el pelo y he cogido un paraguas endeble cuyos hierros se retuercen, y me agobia llevar paraguas y los chubasqueros me parecen horteras, así que lo tiro en la primera papelera que pillo, que no tendrá la misma forma ni el mismo color que la tuya porque estamos en espacios distintos: la mía es gris oscuro, cilíndrica, llena de agujeritos, igual la tuya es verde y tiene capucha, o es una bolsa amarilla sin fondo. Y como he mandado a la mierda al paraguas asqueroso no me queda otro remedio que ir sorteando los huecos de los balcones, y lo tomo como un juego infantil: ¿A qué no me mojas el pelo? Chincha rabincha, yo corro más que tú, lluvia, yo caigo más que tú, y más lejos, y hoy, no me pillas.

Pero la lluvia nos cae, y jugando a ser cronopios rebeldes, nos da igual. Todo se solucionaría con un bonito final donde uno es el paraguas (con un dibujo cielo azul en el interior) del otro, donde nos convertimos en el chubasquero estiloso del otro, donde, los dos, nos mojamos bajo la lluvia. Pero no…

…Pero cada uno en nuestro rincón del mundo escucha de fondo la banda sonora de In the mood for love, Jumeji’s Theme, y nos entran ganas de llorar, porque llueve y estamos solos. Y no lloramos porque nos sentimos estúpidos haciéndolo, débiles, indefensos, criajos de dientes de leche, pero con las gotas de lluvia, nadie se daría cuenta, ¿lo entiendes? Nadie se daría cuenta.

miércoles, febrero 22, 2006

El rastro de tu sangre en el Depiline

He vuelto a ver la sombra de la muerte surrealista, en serio.

Paredes naranjas, azules, techos verdes, grises, un gotelé a lo moderno, pósters en las paredes, masajes de chocolate, qué bien suena eso, me comería a mí misma, fotodepilación, buena idea, cuánto pelo, sí, una selva, no, me refería en la cabeza, ah, también. Yo también tengo, ya, ya veo, muy bonito. Ras, Ras, Ras. Zas, Ah, perdona, No, No, todo es psicológico, no te preocupes. Marga puedes venir, hay una zona difícil.

Tensión. Es su primer día.

Viene la otra, ras, ras, zas. Noto algo raro y veo de repente dos caras de asombro, terror, preocupación mirándome el mismísimo centro del universo (del mío, al menos). Llama a Carmen. Ya eran tres. Tres personas asombradas, aterrorizadas, preocupadas por mi zona c, de centro y de coño. En ese momento, os lo juro, pensaba que iba a salir la cabeza de un alien o del segundo hijo de Dios por mi agujero de oro. Pero no, un chorro de sangre, increíble, de esa roja, pero de ese rojo feo que tiene la sangre superficial, no ese granate precioso, no, rojo tomate. No, la regla no puede ser, imposible. Sangre, sangre, más sangre, dos gotas de sudor, dos caras pálidas, no, no puedo con la sangre, me voy, yo también me voy y me dejan allí sola con la otra.

Qué surrealista, morir desangrada en una clínica de estética, esto es curioso, me encanta. Y yo me reía mientras las otras sudaban.

Esto es una “verruguita”, entre la zona C1 de coño, y la zona C2 de culo. ¿No te la habías visto? No, no suelo mirarme con el espejo esas zonas, lo siento. Me han depilado una verruga, esto es genial. Ponle polvos de talco, a ver si se para, ¿polvos de talco? ¿Queréis que muera de una infección? El chorro de sangre no paraba y yo iba tintando papeles y papeles, trae otro rollo, no os desmayéis por favor, bastante tengo con desangrarme. Llaman a la sheriff del lugar y consigue, por fin, cortarme la hemorragia, después de ponerme un líquido que pinchaba, os lo juro, pinchaba mucho. De hecho estuve buscando la aguja posteriormente, pero ni rastro de ella.

¿Tengo que ir al médico a que me la queme? ¿Mañana mismo? No, no, es imposible, mañana no tengo tiempo de ir al médico, tengo clase, francés, danza del vientre, juega el Espanyol la UEFA y tengo la fiesta de disfraces en casa de Marta, no hay tiempo para que un médico que queme una verruga, lo siento, hacedme algo para que no muera y os lo agradeceré eternamente.

Cremitas, bombones, compresas de regalo, euros de descuento, mimitos, sonrisas, caricias, pobrecita, cuídate, vuelve. Sí, cada vez que quiera depilarme una verruga vendré, no os preocupéis, gracias, gracias, adiós.

Hubiera sido una muerte curiosa y bonita, surrealista, hubiera salido en Gente y toda mi calle se habría enterado, por eso a mí me gustaría pensar que morí una vez allí y dejé, para siempre, mi rastro de sangre en el Depiline Center.

viernes, febrero 10, 2006

Llueve barro otra vez

Salgo del examen de historia del cine y me dirijo hasta el parking pensando aún en "¿hasta que punto el cine puede ser surrealista?" (completamente, hasta el punto álgido *)

Veo que ha llovido barro otra vez. Mierda.

Mi coche está totalmente enguarrado, menos mal que es de un color de los que yo denomino un "comemierda" y no se nota en exceso, el de al lado también está deputapena, están separados por escasos veinte centímetros.

Me detengo. Los miro, calculo el hueco para pasar. Hay mota, gotas, marrones.

No hay ganas de filosofar. Me quito el abrigo, es blanco, blanco roto, lo único que me importa en este momento es que no se me ensucie.

No siempre llevo las mismas gafas.


*Reflexión cronopial posterior

miércoles, febrero 08, 2006

Gotas, motas, marrones (creo)

No puedo ignorar esta ventana.

No sé si me arrepiento de haber borrado las marcas de barro que había sobre ella. En cada mota, en cada gota, había una reflexión: sobre ti, sobre que enestaputasociedadsuciedad llueve barro en vez de agua, sobre que un día próximo en vez de gotas marrones lloverán unas verdes y radioactivas que se comerán el cristal poco a poco y después a mí, sobre en que si te echo limpiacristales y luego te refriego bien fuerte con un trapo de algodón, tu también te borrarás.

Cada mota, gota, marrón se me antojaba como un objetivo de cámara que me estaba enfocando a todas horas, por dentro y por fuera, al que yo hablaba imaginando algo, alguien, detrás (que a su vez me miraba y me hablaba en aparente silencio)

Casi me caigo de un cuarto intentando limpiarlas.

Pero es que limpiar y borrar es un salto para valientes, que hay que hacer desde lo alto y dejarse caer
caer
caer
y si en la caída chafas algo, mejor.

Hoy la ventana está limpia (alguien me recomendó que lo hiciera, alguien que me da besos abstractos :*) y así puedo ver lo que hay detrás de ella, o delante: hay aire, creo. Hay luces, que a eso de las seis y media, se encienden como puntos suspensivos (*). Hay carreteras blandas, árboles marrones, y cemento azul, y cemento amarillo, y el Ikea, y el Conforama, y el Carrefour, y el Decathlon, y el Pc City, y el Aki, el acá y yo. Hay cajas y letras de colores. Hay alguien que viene desde lejos, al que veo avanzar, cada día, un milímetro. Un cronopio, (**) creo, lo reconozco por el asterisco azul que lleva encima de la cabeza.

Os avisaré cuando llegue.



Creo que hoy es 8 de febrero.

(*) por ti, Marina, otra gotita, pero esta translúcida, que no transparente, a la que a veces también veo en mi ventana :)

(**) el rey de los cronopios, creo.

sábado, enero 21, 2006

En las pesadillas también pierdes 21 gramos

Quería enviarte un mensaje, pero el móvil tenía lepra, se le caían las teclas, la batería, la luz de la pantalla apenas parpadeaba… Quería decirte que estaba teniendo esta misma pesadilla después de ver 21 gramos, que me había revuelto entera, que me dolía el estomago, que vinieras conmigo porque esto sola no se me podía pasar…

Fotografiaba el suelo, lleno de botones, y de flores de plástico, de madejas de lana y de ropa, mucha ropa, montones de ropa, lo fotografiaba porque creía que parecía una composición kandinskiana y me moría por enseñártela para que analizaras ese revoltijo… torbellino interior, mientras oía que mi madre hablaba con una prima del pueblo que había venido de visita, mientras yo odiaba esas visitas, fotografiaba.

Una calle de San Andreu, mi hermano, mi móvil con lepra, Mario no me funciona el móvil, ¿Por qué vamos por esta calle estrecha? Porque en esta dirección hay un parque, ¿para qué quieres un parque? Para que me cure el móvil.

Postales, posters, en blanco y negro con fondo beige, algunas cosas en rojo, una madre que se agacha, le da algo al hijo… un jardín, árboles con espinas que matan al padre, panorámica descendente más travelling horizontal.

Quiero decirte que estoy teniendo una pesadilla porque he visto 21 gramos, pero el móvil no me deja, mis manos se deshacen y voy hacia un parque, pero tengo el coche aparcado en una cuesta imposible.

Me despierto.

Sudo.

Me desnudo.

Te veo durmiendo. No tengo más pesadillas.

sábado, enero 14, 2006

Pollo con lágrimas sur le pont

No, hoy no eran espaguetis recalentados con salsa de nísperos. Era pollo con lágrimas. No hay fiesta en la cocina, será que no has vuelto, pero te oigo hablar, y te respondo, y me oyes, y me respondes, y aunque no estés aquí, siento que la conversación es fluida.
Será que no me apetece comunicarme con mis mejores amigos, ni con extraños, ni con vecinos, ni con la ropa mal tendida, ni con los platos sin lavar, ni con los zapatos de terciopelo llenos de gasolina, ni con el móvil sin sonar, ni con muslos de pollo a la salsa lacrimógena. Y de postre: mandarina seca.
Hoy me he levantado más radical que nunca, dicen. Pero es que hoy es la fundación del asco, para sorpresa de pocos y desidia de muchos.
Será que hoy no estás y te echo de menos, aunque sé que no es la solución.
Aunque sólo sea ese día.
Estaré esperándote sur le pont, con una boina negra. ¿Saltamos los dos?

sábado, enero 07, 2006

El vacío que ha dejado el ya inexistente níspero de Jose maría





































Pues ese es el vacío que ha dejado después de que lo arrancaran. Todos están muy contentos, dará claridad al pasillo, ya no habrán más avispas, ya no ensuciará más con sus hojas ni atraerá a los putos pájaros.

Pero yo me quedo sin los nísperos de Josemaría

Aunque eso no importe a nadie

Todos están tan contentos

...

miércoles, diciembre 28, 2005

Algo que se escribe y una amiga te hace dar cuenta de que no debes enviar pero que como te ha quedado bonito, lo publicas en tu blog

Hace un par de semanas pensé que podría tener un pequeño detalle contigo, lo sentí así, tal cual, algo como un regalo de una amiga poco invisible. Empecé a releer Rayuela sabiendo que tú no lo harás tal y como te dije que, por favor, lo hicieras, y a sacar los fragmentos que yo creía más especiales, en los que aparecen la Maga y Horacio de una manera que hace sentir. Maga, Maga, Maga, tan frágil que llora migajas de pan.

Pero después desinflé ese pensamiento, al recordar que sé que las palabras que salen de mí, al llegar a ti pierden su sentido, su valor, su contexto, todos sus sentimientos, y que por lo tanto, con las de Cortázar, Horacio, la Maga, podría ocurrir lo mismo. Tantas son las cosas que he escrito y no has leído, Iván, pero mejor así. No sé por qué tus ojos no saben leerlas, tu cerebro no las puede procesar con el mismo sentido, y tu nosequé interno se hace el loco para que no le entre nada. Lo mismo pasará con esta introducción, al escribirla sé que cuando tú la leas será como si se quemaran en un incendio de un bosque imaginario provocado por un despiste de un duendecillo haciendo una hoguera para alumbrar a una duendecilla a la que quiere conquistar. Pero aquí están, tan huidizas como siempre, las palabras, digo, que se escapan y se van contigo, supongo que ellas te quieren más que yo. Siempre les da por grandificarlo todo y hacerlo más profundo de lo que en realidad es, ellas son así de idiotas, como la mano ejecutora que hay detrás.

Ya no he seguido extrayendo nada de Rayuela para ti.
Pero esto es lo que hay

Y es que no tienes la culpa, Iván, tu eres así y yo asá, lo malo es que ambas maneras de ser son muy iguales aunque parezcan tan diferentes. Sólo les separa una vocal. Y el así y asá mientras más lejos, mejor.

Fragmentos especiales de Rayuela. Julio Cortázar

“Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da cites precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”

“Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que ansiábamos para encontrarnos”

“y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro”.

“Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Mas tarde te creí, mas tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. "Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts." (Una pinaza color borravino, Maga, y por que no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.)

“Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo- Maga que era la torpeza y la confusión”

“Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque esa es una de las pocas zonas de París donde el cielo vale mas que la sierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas, melopeas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos”


Hasta aquí llegué, no son muchas páginas, ves, me di cuenta a tiempo.

Lo publico porque me ha quedado bonito, dicen por ahí y porque sé que tú no lo vas a leer. Seguro que ni siquiera te acuerdas de que tengo un blog, pues imagínate perder cinco o seis minutos en leer algo de vez en cuando. Estás demasiado ocupado enamorándote cada segundo un poco más de ti mismo como para hacerlo. Y si llegas, Iván, esta es sólo una cosa más de las muchas que te he escrito para mí.

miércoles, diciembre 14, 2005

¿A dónde van los ...?

- ¿A dónde van los puntos suspensivos?
- Al humo que se escapa de tu cigarrillo.
- A veces me dejas sin palabras.
- Tú a veces me dejas sin puntos. Como cuando dices que el amor no se va, que se arranca, o se pierde como se pierden los mecheros azules y pequeños.

L&B again.

miércoles, diciembre 07, 2005

Aleix ya ni me mira

O igual, la que miraba, era sólo yo. (y él se extrañaba)

sábado, diciembre 03, 2005

Juego: "Hoy me hago pasar por..."



Lolita, sí, de Kubrick, una de las películas en que se saca más partido a la sensualidad juvenil, casi infantil. ¿A quién no le pone la escena del caramelo? ¿Y la de la mecedora? Ríete tú de esas fantasías sexuales con Nueve semanas y media, con lo asqueroso que es tener reseco todo ese potingue en tu cuerpo.

La cosa es que tengo ganas de un buen polvo, hace mucho ya que no siento algo así, aprovecharé algo de los pintores que rondan por casa para proponerles algo, y hacer una escena de película: el rodillo deslizándose por mi cuerpo, esas gotas de pintura haciendo un mosaico por mi vientre… Después, proponerle ir a tomar algunos tequilas, sin excusas que valgan, le conduciré al lavabo, juego de sombras y humedades, y le susurraré al oído que demuestre qué sabe hacer con las manos además de pintar. Eso sí, sólo sexo, quemaré su tarjeta de pintor, porque sino luego te lías, acaba siendo una serie de polvos, descubres que tiene novia y se te ha jodido todo. ¿Se puede separar esa amistad sexual del amor? Es difícil. Bueno… voy a decirles que me pinten algo.

Lo de Lolita… porque con quince años llegué a pensar que era una ninfómana y me sentí algo identificada. Lo único que no me cuadra es que, yo, nunca he estado con un chico tan mayor, sería una Lolita invertida, pero eso es algo que contaré otro día.

sábado, noviembre 19, 2005

Tócame las pestañas mojadas, pobre Rocamadour

- ¿Quieres tocarme?
- ¿El qué?
- Las pestañas mojadas.
- ¿Por que están mojadas?
- Porque Rocamadour se muere.
- ¿Crees que llego?
- Si estiras un poco el brazo, sí.
- Sí, es cierto, te toco la cara.
- ¿Y qué notas?
- Tu cara
- ¿Y que más?
- Que esta un poco mojada.
- ¿Por qué?
- Parece que has llorado
- Sí, porque quiero tanto a Rocamadour y se muere…
- Podrás quererlo igual.
- Igual vivo que muerto, pobre Rocamadour.
- Qué cosas
- ¿Y qué hacemos ahora?
- Depende de si estás o no.
- Supongamos que estoy, ¿y ahora qué?
- Hacemos lo que tú quieras.
- Lloramos.
- No tengo.
- Lágrimas.
- Sí.
- Te presto algunas.
- No.
- Desagradecido.
- No me tengo ganas.
- ¿Y a mí?
- No soy capaz de saber qué son las ganas
- Vámonos a dormir.
- Me parece bien.
- Cierra los ojos. Cierro los ojos. Y ya.


L & B

lunes, noviembre 14, 2005

Ya no sé qué soñar

No, esta noche no puedo dormir más porque ya no sé qué soñar.(*)
He ido a todas partes, he hecho todo lo posible, he navegado por el Llobregat con una barquita de plástico, he caído en ala delta desde el Pirineo hasta la Meseta.
Me tiré, hace tiempo, desde un puente de metal rojo y no me acuerdo de haber llegado al suelo, me tiré desde un rascacielos con un corazón (decían) alado sin pilas.
Estuve en un bosque en construcción donde los árboles carnívoros me mordían los pies. He estado con los muertos y con los vivos que están en el lado de allá, he vivido en los años veinte, en los sesenta, he vuelto a nacer en los ochenta, he vuelto a ponerme los zapatos de charol, la diadema y los pasadores de fresa en el pelo, la falda roja de vuelo. He soñado con las vidas que tuve y que no tendré más.
He soñado con todo lo que no me vas a decir y con lo demás que no vamos a vivir.
Y esta noche es inútil duerma más porque ya lo he soñado todo, y tengo calor, y son las siete, y me duele la boca y el estómago y los dedos y las pestañas resecas, y no hay nadie en mi cama que no sea mi edredón. Ya no tiene sentido soñar más. Voy a buscarte.


* Reflexión real de la pasada noche entre el sueño y la vigilia.

sábado, octubre 29, 2005

De cuando me exiliaron y crucé el Besós

Y me exiliaron. Ni por motivos de guerra ni de salud, ni por clima político revoltoso ni por aire húmedo. Me obligaron a hacer el salto de mi vida y a partir de ahí, ya todo fue diferente.

De Sant Andreu

Y me exiliaron
De esas calles estrechas donde se pueden descubrir las intimidades del vecino de enfrente, donde las cortinas, si no son de terciopelo negro, no tienen sentido.
De ese aire triste, melancólico, solitario, heredero de algo en común, de ese aire nostálgico.
De esas aceras llenas de pivotes y naranjos plastificados sin olor azahar, de esas eternas ganas de comerse sus naranjas de cera bajo la eterna amenaza de tu madre de que si te comes una, te mueres.
De esos eternos plátanos con sus enormes hojas marrones crujientes en otoño, que te mueres por que se caigan para recogerlas y pegarlas con pegamento blanco en el mural de tu colegio: La tardor. De esa forma de mano de sus hojas, y en primavera, los ininterrumpidos estornudos de tu madre por esas malditas bolas de los plátanos y los plátanos de los huevos.
Del sabor eterno de las bolitas de caramelo que te daba Teo el de la farmacia cuando ibas enferma a por el Ceclor de fresa o el Flumocil Oral de naranja y que jamás vuelves a probar, y que te enteras diez años después de que se ha muerto de un cáncer, Teo y sus bolitas de caramelo, como todos. Quizás también se murió de eso el del quiosco, que te regalaba Clays y Palotes cuando ibas a por el primer fascículo de alguna colección de Planeta o RBA a 100 pesetas, a 99 o a 95, y que tu madre no te compraba el segundo porque era muy caro, y te convertías en la eterna coleccionadora de los primeros fascículos de todo.
De los columpios de la Plaza de las Palmeras llenas de palomas camicaces y del eterno tobogán oxidado, de esa tierra olida, mordida, masticada y restregada por tu jersey de lana blanco, de ese cemento patinado. De ese red skin y del okupa paralítico. De la bodega donde se recargaba el sifón para echárselo a tu padre los domingos en el Martini negro, de la panadería de los eternos bastoncillos que llenabas de babas desde tu carrito, ahora cerrada conservando ese eterno letrero naranja rosado, vacía. Del paisano (que años después de enteras que no es paisano) que te vendía cien gramos de jamón en dulce a las ocho de la tarde cuando tu madre se había puesto la bata de estar por casa y bajabas corriendo a la tocinería, de esa guardería verde con los chillidos de los retoños en el comedor, escuchados por un tubo desde el terrado.

De ese bloque de pisos descolorido, sin balcones, de textura rugosa pasada de moda, con ese portal inmenso que te parecía la definición perfecta de lo que se considera grande y que, cuando lo ves diez años después, te das cuenta de que no sería la definición ni de pequeño. De esa calle Castellbell número cinco segundo segunda, de ese 3468571 inexistente. De esas vecinas catalanetas a las que le encantaba hablar con la niña de los ojos negros (como dos aceitunas) a través del patio de luces, donde se tendían los trapos sucios y donde nunca se pueden olvidar los horteros estampados de los plásticos de tapar la ropa, ni mucho menos las baldosas de los lavaderos, donde el olor a coliflor y a huevo frito estaba en las entrañas y donde tu madre cuchicheaba contándole a la señora Isabel que no podía entender como tu vecina ,la señora Rosa, no se moría de colesterol comiendo morcilla todos los días.
Y eso a los trece años me lo quitaron.
Y me hicieron cruzar el Besós.
Y me llevaron a la frontera del bien y el mal, entre Santa Coloma y Badalona, y ya nada fue lo mismo.

A Santa Coloma

A Santa Co, Santaquemola, Santaqueroba, Santa la madre que la parió, que no la aguanto.
A donde vivía toda la familia de mi madre: mi abuela inválida, esa mujer que al nacer se equivocó de siglo, que de saber leer, hubiera sido la mejor amiga de la Pasionaria, esa mujer del culo en un columpio que desatendía a mis tías y a mi madre y a la que en su pueblo aún la recuerdan como la María de Laura, aquella que raparon a cero los nacionales, aquella que tenía los huevos más bien puestos de toda la Serranía de Ronda. Mi abuelo, que se hizo viejo a los cuarenta años, que jamás movió un dedo por nadie, un hombre sin sal, sin chicha y sin limoná, de esos que se esconden de todo, que no enseñan nada, la sombra de mi abuela la dictadora. La imagen más clara y más significativa que recuerdo de ellos: uno, en el sofá, poniéndole la zancadilla con el bastón astillado al otro cuando iba al lavabo o la de mi abuelo persiguiéndola hasta la peluquería, celoso hasta de los rulos.
Allí, mis tías, mi tío el exiliado al barrio de encima de la montaña con su esposa odiosa, y lo más importante de mi familia, el imperio del Bar Restaurante El Cruce, el más famoso de Santa Coloma, el de los caracolillos y las bravas y esas colas interminables, eternas, de las pocas colas que uno hace por gusto. El bar de mis tíos (por ahí aún tiemblan o se sorprenden cuando explico mis vínculos con el gran Cruce).
y eso es Santa Coloma, un gentío, una muchedumbre, una densidad de población, una contaminación acústica por culpa del Reaguetton y de Bisbal y de la madre que los parió a todos. Esa vista dañada por los atuendos de las chiquillas de barrio, esos oídos destrozados por los chillidos de la Jessy.
Eso es Santa Coloma, un montón de niños con una sensación de sinfuturo en los ojos... con mirada de desazón, con la cara sucia de vete tú a saber qué sentados en cualquier portal, ese porro a los doce, esa Yamaha a los catorce, ese coche tunning a los dieciocho, esa muerte prematura en la Ronda de Dalt.
Esos chinos paquistaníes marroquíes con sus imperios, sus zapaterías, sus locutorios, sus top manta, sus tiendas de todo.
Y Santa Coloma es las obras del metro de la linea 9, como si no tuviéramos suficiente con la linea 1, la roja, la primera.
Santa Coloma es una población en re-construcción, donde no logro comprender como coño un piso vale setenta millones en esta pocilga, pero mi casa es un oasis y eso es lo que me salva, lo que me mantiene aquí. Tengo la sensación de que yo solo voy a estar en ese proceso de transición, de crisis, el más duro, siempre de reconstrucción.
Cuando no haya una valla amarilla en santa Coloma yo me iré de aquí, a Sant Andreu,
a dejar de ver cómo los inquilinos que están en mi piso tienen una cortina que no es la mía, que miran por mi ventana y yo no puedo, que duermen bajo mi techo mientras yo, desde la calle, miro hacia arriba. Aunque sea un piso pequeño y triste, aunque mi percepción de lo grande y de lo pequeño haya cambiado, me da igual yo me voy de mi palacio a mi cuchitril, porque es mi cuchitril, y punto.

jueves, octubre 13, 2005

Historia de un R 12 amarillo plátano (Capítulo I)

Aún recordaba el olor: humedad, vómitos resecos y gasolina en escapada.
El color de su tapicería: verde rancio y su tacto de terciopelo rasposo.
Aún recordaba la tonalidad de su carrocería oxidada: amarillo plátano descolorido.
El ruido exacto de su motor quemado al girar la calle San Francesc para aparcar en Francesc Macià delante del Cigaló: iiiiggññññhhhhh brf brf bruf
Y de lo que más se acordaba: de su eterna gotera en el techo de tela áspera.


Hace poco me encontré a su hermano en una calle de Montjuïc. Al preguntarle, me dijo que había muerto hacía unos diez años y que él era de los pocos que quedaba de su estirpe extirpada y pasada de moda. Se sentía muy solo, pero que le quedaba algo de alegría porque una de las últimas veces que había visto a su hermano, le había contado que había sido muy feliz durante sus veinte años de vida: una buena vivienda, un paseo los domingos, un esposo y una mujer estupendos y tres retoños encantadores, a pesar de que la pequeña de los tres no se acabó de adaptar nunca a él: vomitaba, se quejaba, se quejaba, se quejaba, cuando llegamos, me estoy haciendo pipi, me estoy haciendo caca, cantaba mil elefantes y luego otros mil más, hundía tres mil barquitos que no sabían navegar y luego lloraba por la desdicha de su naufragio (hasta que su madre cambió la versión y el barquito aprendió a navegar de una puta vez), sacaba la cabeza por la ventana para airearse y cuando no podía más, se iba al maletero a beber el agua de las goterar y a bañarse en la gasolina que se escapaba para huir de su mareo.

Se llamaba Plátano y a pesar de su maltrechidad con la pequeña, ella le adoraba a ratos. Su sueño más sonado y nunca llevado a cabo era transformarle en un plátano gigante de gomaespuma y llevarlo a esa festividad barcelonesa que acababa en Can Dragó y que consistía en disfrazar a los coches y pasearlos por la Ciudad Condal.

El hermano de Plátano, Bananito, me contó que él no había tenido tanta suerte y que durante los últimos años le habían utilizado básicamente para llevar muebles viejos, piezas robadas de coches, sillas de playa y parasoles importados de China. Pero que su dueño, de dudosa legitimidad, le había vendido por 100 Euros a un moro y que le miraba con recelo, no por el color, Dios le libre, él era amarillo, aún más sospechoso, sino porque había visto una vez por la A7 Dirección Tarragona a un primo suyo, Rosendo, cargado hasta los topes de bártulos envueltos por plástico azul (que bien le recordaban a aquel con el que envolvieron el cadáver de Laura Palmer en Twin Peaks) con cinco moros dentros, y que, con todos sus respetos, él ya no estaba para esos trotes. Después se puso algo más triste y me contó, entre lágrimillas de aceite, que lo mejor que le podría haber pasado era haberse ido con su hermano al desguace y haber hecho la coña de Rest in Pieces, como la Mery Jane aquella de la Parafina... en fin.
Le abracé, allí en lo más alto de Montjuïc, y le prometí que volveríamos a vernos, que tenía una sopresa muy grande para él.

(continuará)

lunes, agosto 29, 2005

Re-caer

Me despierta el sonido de un avión que aterriza cerca de su casa. Miro hacia la pared y veo el poster de los Beatles. Mierda, estoy en el Prat, ¿Qué coño hago aquí otra vez?
Me giro y le veo durmiendo, boca abajo, con los brazos por encima de la cabeza y la cara hundida en la almohada. No sé cómo no se ahoga. Me siento en la cama. La claridad que entra por la ventana me molesta. Paso por encima de él con cuidado para no despertarle en busca de las correas de la persiana. No hay correas, ni persiana, ¿Cómo que no hay persiana? Digo en voz alta: ¿No hay persiana? No responde. Vuelvo a la cama, me giro hacia el otro lado e intento dormirme de nuevo, es muy temprano todavía.

En sueños, zas, me quedo con toda la sábana.
Zas, me quedo sin sábana. Me las ha quitado.

Para no armar un zapitiesto de buena mañana decido taparme con la funda. Pasan cuatro horas, suena la alarma del móvil.

- Apágalo, apágalo, apágalo, anda, apágalo.

- Que sí, que ya va, joder- me dice, con voz de niño dormido, y se da media vuelta.

Son las 11. Una hora demasiado decente para levantarse. Le paso la mano por el costado y escondo mi cara entre las pecas de su espalda.

Suena la alarma del móvil otra vez. Son las 12. Ya es una hora indecente, podemos levantarnos.

-Va, no te duermas otra vez. Va, va, va, jo- y me quedo mirando su boquita, que durmiendo así, se parece a la de un Simpson, le toco los labios, que se pegan como ventosas y hasta hacen el ruido, le hago pedorretas en la cara, le tiro de los pelillos de la barba de tres días.
- Jo, no quiero.
- ¿No quieres ir al cole?
- No- y hunde, de nuevo, la cara en la almohada.

Con mis malas artes consigo despertarle y me viene a la mente todo lo que ocurrió ayer y cómo llegué de nuevo, hasta el sofá rojo.

Si, vine a la deriva, ahora me acuerdo, bajando con mi barca hinchable de plástico de colores por el Llobregat. Sí, lo recuerdo, y él estaba allí sentado, pensando en sus desdichas, no siendo él. Al verme, me lanzó un cable, y yo, al no ser él no le reconocí, y yo, que hacía tiempo que no veía un cable, lo cogí sin pensarlo porque la desembocadura y el mar negro estaban cerca.

Me invitó a comer melocotones pochos y, a ciegas, acepté.

me invitó a enjabonarme con el jabón Avón rosa que me traía mi abuela cuando era pequeña y que creía fuera de stock y caí en lo más profundo de su esencia.

- Es el jabón de mi infancia- me dijo, al darse cuenta de que había gastado el poco que quedaba. De pequeño le decía a mi madre que cuando fuera mayor y viviera solo en casa trabajaría para comprármelo.
- El mío también. Qué cosas. Hacía años que no lo olía y pensaba que jamás volvería a hacerlo.
- Magia.
- Sí, será eso, magia.

Y nos olimos las pieles.

Recuerdo las palabras de P. que desapareció, un día, sin más, después de decirme:

- Caerás.
- ¿En qué?
- No sé, en él.

Y no volví a saber nada más de P. Vino, me dio el mensaje y se fue.

Todos re-caemos, sin más.

domingo, agosto 28, 2005

Haiku desidioso

Tiplece, no sé
ni siquiera quien eres
pero estas ahí

haiku elegíaco

Haiku mariposa vete a la mierda

Hey, mariposa
te vas y en el negro fin
desapareces

( se la comió Perarnau)


L.G. / F.G./ J.S.

viernes, agosto 19, 2005

La doble que camina a mi lado (Doppelgänger)

El día después del concierto de Extremoduro me dijo que había vuelto con Alicia. Yo no lo podía creer, aquello de “ahora ya es demasiado tarde, princesa” y de “yo no quiero un amor civilizado” no era cierto. Sentí que me había fallado, que me había traicionado, que no era justo, que eso no, por favor, que eso no. El intercambio de pendientes en el callejón del Ceferino creía que había supuesto un símbolo de que nuestra unión seguía en pie, por más que deshistorias hubieran perpetrado a mala baba en nuestro más perfecto romance.

Al cabo de un par de semanas, me di cuenta de que lo mejor que podría haber hecho era lo que hizo, volver con Alicia, con su hija, todos felices, unidos, y la Laura, una buena amiga con quien fumarse un poco de hierba y tomarse un café con leche corto de café y en vaso en el gótico o en el café Sant Andreu, y ya está. Y bebí rubia la cerveza para acordarme de su pelo durante un tiempo, y lo que no sabéis, queridos, es que odio la cerveza.

Pasaron siete meses hasta que volví a verle, se presentó igual de canalla que siempre, el día de San Jordi, con una rosa azul en la mano “porque Psique, para mí, es azul” me dijo. Volví a quererle todo lo que le quería en un minuto, mientras nos contábamos en el mismo café donde habíamos quedado por primera vez una tarde de julio, qué había sido de nuestra vida durante todo ese tiempo. “Me moría de ganas querido, de verte otra vez”.

Hace unos días me dijo que fuera a buscarle al trabajo. Y allí me presenté, una tarde densa, húmeda, de esas que te calan hasta los vasos sanguíneos, de esas que si te mueves, las has cagado. Por pérdida de sangre y agua masivas sufrí un desdoblamiento. Yo no era yo, sino la que caminaba a mi lado sin yo verla. Algo así como mi doppelgänger. Flotaba, no andaba, se trasladaba desde la parada de metro de Marina hasta Sáncho de Avila como en una cinta de fitness, sin pies, sólo con una cadena de plástico a rayas debajo de sus piernas.

- Ahora salgo, peque, espérate cinco minutos- me dijo por teléfono.
- Vale, pero no tardes, esto está muy raro, la calle, no sé.
- Tranquila, es un momento.

Toda la calle estaba en obras, los peones sacaban la cabeza de entre la arena para decirme que fuera allí con ellos, pero no me lo decían a mí, sino la que estaba a mi lado esperando a David. “Has visto lo que te dicen, Laura sin hierro, Laura de pega, deshidratada, maltrecha, es a ti, ves con ellos mientras sale, anda”. La Laura de pega me miró por encima del hombro y me dijo que ella no iba a ningún lado.

No sé por qué tenía miedo (teníamos miedo, a la de mi lado la notaba espitosa, balanceándose, de lado a lado de la calle, buscando una salida para más tarde, dejando ondear su falda azul al vuelo) eran las seis y media de la tarde, la calle, luminosa, pero densa, pero llena de tierra y de vallas, y de humedad, y tenía miedo, teníamos miedo. Salieron dos tipos de lo más pintoresco en bicicleta por la puerta verde, la misma por donde tendría que salir él. “Ahora va, y sale montado a caballo, ¿qué te apuestas?” -le dije a la Laura que aquella tarde se había colado en mi bolso y se había empeñado a seguirme. “Cualquier cosa te puedes esperar de él, ya lo sabes, querida”- me dijo, tambaleándose, “oye, no me llames “querida”, querida, que ya sabes que no me gusta”.

- Ya está, peque, esperamos al Eloy, ¿vale?
- Vale, tengo ganas de verle.

Sorprendentemente, su mejor amigo, Eloy, me caía muy bien. Muchas tardes las habíamos pasado juntos con más amigos, en la callejuela que lleva del Paseo Fabra i Puig al Hipercor, fumando, hablando de nuestras aventurillas exploradoras.

Un día, lo recuerdo diáfano, mientras subíamos hasta Horta los tres, medio ahogados por la cuesta arriba y el calor, le dije: “Deivid, nosequé”. David miró a Eloy, y de la manera más ñoña posible le dijo “¿Has visto? Me llama Devid, qué mona”. Lo que ustedes no saben es que él odia que le llamen Deivid y justo en ese momento me di cuenta de que me quería. “Toito te lo consiento, mylady, ya lo sabes”. Toito me lo consiente, sí.

Nos despedimos de Eloy y fuimos andando, sorteando agujeros y máquinas despistadas.

- ¿Qué te pasa, Laurita? ¡Qué rara que estás!
- No sé, es que me estoy desangrando, y no he comido demasiado, voy como que me deslizo, así, aquí a tu lado. Encima hay una pesada aquí que no me deja en paz, dale que te pego, que no se calla la tía.
- Joder, peque, yo para sentir eso me tengo que fumar muchos mais eh?
(colleja) Seguimos caminando juntos.
- No te puedes creer lo que me ha pasado.
- ¿Se te ha aparecido Auserón en sueños y le has podido dar la boina?
- No, mucho mejor que eso.
- ¿Hay algo mejor que eso?
- Sí.

Y me cuenta tan tranquilo, tan “desaahogao”, que el otro día vio una chica en el metro, que sintió una conexión extraña, que desde que me conoció a mí no había sentido eso por nadie. Que le dio su número de teléfono, que le llamó, que quedaron, que qué cosas, que si el destino, que si patatín que si patatán, y ahora no sé qué hacer, querida.

(colleja)

- Que no me llames querida, que no lo aguanto. A ver, Deivid, ya te lo dije una vez y te lo repito: si escoges A, es A, si eliges B, es B, porque sino no sale un ABAB insoportable, y no estamos para esos trotes.
- Si ya lo sé, pero tía, joder, no me pegues, ¿eres amiga mía o de la Alicia?
- Soy amiga tuya, pero ya sabes que las mezclas no me gustan, y no me digas radical.

En ese momento yo misma era una mezcla de dos, y no me gustaba. Sentía un poco de rabia, un poco de ese egoísmo que me caracteriza, o a lo mejor no era yo, sino la pesada de al lado: “O sea, que va a dejar a la Alicia por una tipa del metro, manda huevos. Ya que la deja, podría volver conmigo, o no, o yoquesé” pero que piensas, Laura clon, qué tonterías estás pensando, como vas a volver con Ambiental, tú que te crees, ¿Psique? Pues que te enteres que esa huyó en su corcel hace mucho tiempo y no hemos vuelto a saber de ella”.

Fuimos a tomar algo. Me costó reconocer esa calle de día, era por donde acostumbro a salir de noche, con luz, no me había dado cuenta que era la misma.

-Coño, si esta es la calle del Coyote, ¿y este bar? Por la noche debe estar cerrado, porque nunca lo había visto (habiendo pasado unas mil veces por esa esquina, no sé si con un poco de algo de más, pero nada malo).
- Es verdad, gamberra, tú por aquí sales mucho.
- Sí, qué cosas, no me había dado cuenta.


- Un café con leche corto de café y en vaso, por favor.
- Y yo, ¿yo que me tomo? Me encuentro mal, señora camarera, ¿qué me tomo?
Puse la frente en la mesa
- Dios, no me gusta la Coca cola pero, una Coca cola, porque lo que sea, hoy lo vomito. Tengo frío, dame tu tejana. Y puestos a vomitar, arrojo esta mierda.
- Joder peque, ¿vamos a otro lado?
- No no, en esta puta mesa coja estamos bien.

Jugué durante unos minutos a darle golpecitos a la mesa y a disfrutar viendo como el café con leche quedaba a un milímetro de desbordarse en un tambaleo. “Ui, casi”. David me miraba extrañado, mientras decía que no me reconocía.

- “No te fíes de nada que sangre durante cinco días y no mueras” ya sabes, esos sabios de South Park., a lo mejor esta que está aquí contigo no soy yo, ¿no me ves un poco perdida? Dios, qué dolor de cabeza, qué mareo, buf, qué calor, ¿será la menopausia?
- Un poco temprano, ¿no? ¿Ahora calor? Pues dame la chaqueta, que tengo frío.
- Sí, un poco. Sí, ahora calor. Ten.
- Tía, tu no te rayes, que a mi me acecha la pitopausia, a ti aún te queda.
- David, con lo joven que eres, hablas como un puto viejo.
- Hostia, el otro día llevé a la niña a los toros…
- (pobre niña)
- y me dijo una señora si era mi hermana.
- ¿Ves? Aún cuelas por joven, idiota.

Estuvimos unos minutos con la mirada fuera de nuestro círculo, yo, buscando alguna cómplice en los autobuses que pasaban, él, no sé qué demonios detrás de mí.

- Yo… no te lo había dicho pero... hace ya un tiempo que va mal con Alicia. No siento ni frío ni calor, ni chicha ni limoná, vale sí, tenemos relaciones, pero., estamos en el sofá y me dice “Abrázame” y “tía, no me da la gana de abrazarte, ¿por qué vienes ahora?”, pienso.
- Que, ¿me vas a soltar otra vez lo de “ahora es demasiado tarde, princesa”?. Mira, esto es lo último que te digo al respecto: No la líes para volver con Alicia al cabo de tres meses, que nos conocemos. Y que no te sepa mal, pero es que esa historia me suena de oídas (o de entrañas).
- Si ya lo sé… pero…
- Dí que sí
- ¿Qué?
- Di que sí, encima de tu cabeza, ¿no lo ves?
Se giró, algo confundido. Desde mi ángulo visual justo encima de su cabeza lucía un letrero amarillo con letras azules parpadeantes: Dí que sí.
- ¿Que le diga que sí a qué?
- Pues a la vida, ¿no dices que crees en las señales aún? Pues yo estoy viendo toda la tarde ese recuadro salir de tu cabeza, así que ya sabes, Di que sí, pero dilo hasta los 40 y luego cásate, pateate las flores, vuelve a mi cama, prueba la de la del metro a ver qué tal, y luego vuelve y vete, y vete más allá, y que no te frene nadie, que se nos ha quedado pequeño todo.
- Será porque siempre he estado yo del lado del pescado, ¿y quién habría pensado que pescado fuera a estar yo del otro lado? Si es que en el fondo tú y yo somos iguales, espíritus libres, que se nos quedan pequeños los marcos de las relaciones, que siempre hay aquel o aquella a lo lejos guiñándonos el ojo para que caigamos…ahí, en la esquina, para que giremos el rumbo.
- Sí, será eso.
- ¿Sabes? Esto tampoco te lo he dicho pero... después de dejarlo, estuve pensando muchísimo si volver contigo o creer de nuevo en la Alicia, y como me dijo mi tía “Elijas lo que elijas, elegirás mal, no te preocupes”.
- Qué cosas.

Añadamos una pequeña información: yo no sabía que él se había replanteado volver conmigo ni un mísero segundo, con lo cual, mi cara de perdida y por qué no, un poco de gilipollas (no, de sopayasa no, que lo de sopayasa es con el otro insecto de los cojones) aumentó, pero aguanté el tipo y tal.

El juego de mirar a otro lado sobrevino otra vez. Me encantaba estar en silencio con él, sin mirarnos siquiera. Pero, le sentía tan lejos, estaba a un metro de mí y le sentía tan lejos.
- Vámonos, Ambi, porfi, me estoy agobiando, vamos a pasear o algo.

Y volvimos a estar juntos, caminando él, flotando yo, de nuevo por Marina.

- ¿Sabes lo que me dijo Lucía el otro día?
- No.
- ¡Que si me acuerdo de que tengo una amiga que se llama Laura!
(risas)
- Pero qué bonita que es, no me la traigas, que me la como, y te quedas sin niña, que más, que más te dijo. (se me encendieron los ojos)
- Nada, yo le dije que claro que me acordaba, y que si quería verte, y me dijo que sí.
- Ay, ¡qué bien! Tráemela, sí, sí, sí, tráemela que le hinco el diente. Mira, un banco, cerca de las vías, vamos a sentarnos.

Y retrocedimos un año en el tiempo. Una vesprada de agosto, sentados en un banco de madera, oliendo a Jean Paul Gaultier, maría y café con leche corto de café y en vaso por favor, mezclado con margaritas y essential. A nuestra espalda, una visión pobre y sucia de las vías de tren que yo creí lo más auténtico del mundo en ese momento. A mi Davilillo le parecían deprimentes. Delante de nosotros, unos viejos pisos, unas fábricas semi abandonadas, y las dos grandes torres Maphre de Barcelona

- Eso de ahí delante sí que me parece deprimente.
- ¿Las dos torres?
- Sí, tío, las dos putas torres esas de ahí feas que no sé qué coño pintan, son peores que el pollón de ahí al lado.

Miré el reloj con disimulo porque sabía que era tarde, le di la vuelta hasta que se quedó a la altura de mis venas para ocultárselo, seguimos mirando el infinito y…

Y caí derrumbada a pedacitos en las piernas de Ambiental. Cerré los ojos con el propósito de que la Laura dos me dejara de dar la tabarra y se fue, y por un momento, Psique volvió. Ambiental le acarició, con una mano, el pelo, lentamente, mientras con la otra le cogía la mano. Le pasó los dedos repetidamente con cariño entre el pelo, largo, el pelo, mientras Psique, inmóvil, se sentía tan bien después de un año de huida sin descanso. Hasta que le pasó un dedo por el entrecejo y le hizo cosquillas.

- Umm… me haces cosquillas… paraaa
- Eres como un bebé.
(silencio)
- Oye… Antes, cuando hablábamos de los 40, de casarse a partir de esa edad y yo dije: no sé con quien se casará Ambiental, es mentira, Ambiental sólo se casaría con Psique: “No more princess in the Ambiental Kingdom”. David…David si que no sé con quién se casará.
- Pero Psique se fue y no ha vuelto.
- Sí, mírala, esta aquí con Ambiental.

Sin abrir los ojos le sonreí y vi su sonrisa. Un ruido estrepitoso nos alertó.

- Están rompiendo la barrera del sonido, ¿lo oyes? Una vez, desde nuestro colegio, la Pegaso, mientras jugábamos a fútbol lo oí… y…
- Deivid, es un tren, que viene detrás de nosotros.
- Ah, sí, es un tren. Peque, ya es hora...
- Mierda, he dejado el reloj al descubierto girando la mano para que me la cogieras. Qué fallo.

Psique y Ambiental se abrazaron y se fueron cielo arriba con sus pegasos.
David besó en la cabeza a las dos Lauras siamesas, siguieron hasta el metro planeando su próximo encuentro.

No más princesas en el reino de Ambiental, nos vemos en Lisergikum, querida, soy yo, ¿no me conoces? soy el que te habla cuando escuchas voces, oh sí, ambiambiambuababua, al pasar se han de inclinar siempre ante ti, Anda, acuéstate, apocalíptico, te quiero, yo también, nos vemos pronto, cuídate, cuídate.