Nos conocimos antes de nacer, cuando nuestras madres embarazadas, se cruzaban de vez en cuando por Sant Jaume dels Domenys y hablaban de cúando nacería su segundo niño, de cuándo nacería su tercer niño o niña, porque aunque allá por el año que rondaba por la barriga de mamá Inés las técnicas ya estaban algo más avanzadas y se podía conocer el sexo del bebé por ecografías y demás historias, yo, muy mía, como siempre, (sinó mía, ¿de quién?) me crucé de piernas y no dejé a nadie ver mi sexo hasta el mismo dos de octubre, pero ¿qué se han pensado? ¡Que soy una señorita, por favor!
- El meu nen naixerà allà pel setembre
- Ah, pues yo lo que llevo, nacerá a principios de octubre, más o menos.
- Ah si? Goita (guaita, si..) gairebé al mateix temps. I com es dirà?
- Pues si es niña queremos ponerle Elena, aunque sus hermanos dicen que Elena no, que Elena madalena, que Elena qué pena, que Elena como los polvos de lavar. Y su padre quiere ponerle Azahara, pero los niños le han suplicado que no se lo pongan, que es horrible, que suena a moro, Así que hemos pensado en Laura, como mi hermana y mi abuela, que es bien bonito. Y si es niño… pues Germán, seguramente, porque Alberto me gusta pero ya le puso así mi hermana… (mi madre, que apenas habla) ¿y el tuyo cómo se llamará?
- Doncs potser li direm Aleix, que és ben maco també.
- ¿Y ese en castellano cuál es? Alejo, ¿no?
- Sí, això mateix.
Estoy segura de que desde la barriga de su madre, la de la Fonda, me miraba. Y yo, extrañada, le respondía del mismo modo, intentando curiosear quién era ese niño y por qué me miraba así sin decirme nada.
Pasaron los años, crecimos cada uno en su calle, él en Prat de la Riba y yo en Francesc Macià, sin hablarnos, sólo mirándonos cuando casualmente nos cruzábamos desde una distancia prudencial de cinco metros. Recuerdo con exactitud un día que fui a comprarme un helado al Raïm, el Super Twister, uno de mis favoritos. Iba caminando por Sant Francesc y me percaté de que venía por la otra acera. Eran las tres y media de la tarde de un día de julio caluroso (yo me pasaba los julios enteros en Sant Jaume, ya que a mi padre le gustaba más ese mes para hacer las vacaciones) y recuerdo que o él llevaba una camiseta del Espanyol (o yo). Tendríamos alrededor de diez años, muy pequeños para hablar, todavía. Mientras le iba quitando el plástico molesto a mi suculento helado y me disponía a tirarlo en la papelera de mi calle, él detuvo su paso, y se quedó mirándome, mirándome, mirándome, como alguien que acaba de descubrir algo y se queda paralizado, pensando, asimilando lo que esta viendo, sin cara de asombro, sólo un shock bien disimulado involuntariamente. “Qué niño más raro”- pensé- “A ver si algún día me dice algo, me dice de jugar a pi, o cualquier cosa, además, creo que él es también del Espanyol”.
Más años, más años, crecimos, aprendimos a hablar, a enfrentarnos, a veces de perfil, a la vida, pero bastaba cruzarnos un día perdido, de invierno ventiscoso o de verano pegajoso, de otoño raimat o de primavera almendrada, para que se disolviera todo nuestro aprendizaje y resultara en vano todo lo que habíamos experimentado por separado. Seguíamos mirándonos con una distancia prudencial, él en su local, amb els catalans del poble, preparant els versots i el ball de diables, yo en el mío, con los hijos de inmigrantes andaluces habitantes del pueblo y los restos sobrantes de sitios como Buen Pastor, Bellvitge u Hospitalet que nos aposentábamos en Sant Jaume los fines de semana perturbando el ambiente.
Hasta que un buen día, a su padre, el Sr. Pons de la Fonda, se le ocurrió la brillante idea de crear una terraza de verano llamada “El pati de la Fonda” y él, al cumplir los diecisiete, se puso a servir copas cada noche.
- Un Martini amb llimona, si us plau, posa-li una goteta de grosella, però molt poc, eh? Que sinó no es pot beure…massa dolç
- Amb grosella? A vere si en tinc… si, una gota només? Posa-la tu, millor…
- No, no, posa-la tu.
Estas fueron las primeras palabras que Aleix y yo cruzamos, después de diecisiete años de miradas indefinidas, algo tan banal como pedir una bebida, que por cierto, se pasó con la grosella y en otra ocasión hubiera estado imbebible, pero a mí esa noche me supo al Martini más bueno de mi vida, me había hablado, me lo había preparado, y con eso bastaba, ¿vale?
Después de aquel lapsus linguae, no nos volvimos a hablar. De mes en mes, de trimestre en trimestre, de semestre en semestre, últimamente de año en año, nos mirábamos como descubriéndonos, como aquella primera vez, que teníamos que apartar las pieles de las barrigas de nuestras madres para vernos mejor, por suerte, sólo tuvimos que esperar dos meses él y tres meses yo, de julio a setiembre, de julio a octubre. Seguimos cada uno con su vida, cada uno hablando en y con su vida, pero no de las nuestras. Yo no aparecía por Sant Jaume, ya se sabe, universidad, novios, amigas en Barcelona, vida, Espanyol, no me quedaba tiempo. Mi hermano mayor, que es profesor y aún vive en Sant Jaume a día de hoy, me comentó que le daba clases de repaso, pero que era un caso perdido, que él miraba y miraba, pero que rara vez hablaba, rara vez leía, que le gustaba estar en nuestra casa, entrar en mi habitación y ver algunas fotos mías, que sólo miraba, que rara vez hablaba, que rara vez leía, que este niño era un caso perdido, que pa’ eso, no servía.
Después de casi un año, ahora hace tres días, le vi. Iba con una chica de la mano, y al verme, me miró cinco segundos, reconociéndome, asimilándome, ella és la Laura, i jo, estic agafat de la mà amb l’Esther, què faig? Millor la deixo anar, no vull que la Laura em vegi de la mà de l’Esther.
Y vi, como después de mirarme, soltaba la mano de Esther, y se iba, ensimismado, hacia la puerta de la pista de baile. Adéu, Aleix.
Al día siguiente, le volví a ver, y aunque llevara gafas de sol, noté sus ojos dirigiéndose a mí, otra vez perdidos, otra vez indefinidos. Fui hacia él, y cuando estaba a cinco metros, Dime algo, Aleix, habla, háblame, dime algo, Hola, sóc Aleix. Com et dius? Vols jugar a Pi? Nem al camp de futbol? Se dio media vuelta, dándome la espalda, y yo, pasé cabizbaja, pensando que aquest noi no te remei.
Aleix, Alejo, te tomaste tu nombre a pecho, te alejaste de mí desde antes de nacer, siempre prudencial, aunque nunca estuviste cerca, pero esa mirada, hacía que te sintiera parte de mí, a veces, de mucho en mucho, lo suficiente. Aleix, nunca dejes de mirarme.
Saps? Quan tingui un nen m’agradaria que es digués com tu, Aleix, oi que es maco? Encara que espero que qualsevol dia em digui, Hola Laura, juguem? I es pugui tancar el cercle que un juliol ara fa molts anys, vam començar tu i jo als carrers de Sant Jaume, però.. qui sap? Potser d’aquí a uns anys tornem a tenir un lapsus linaguae i el podem tancar nosaltres mateixos. Fins ençà, t’espero, però no em deixis de mirar, si us plau, perquè sinó ja no tindria sentit buscar-te pels carrers, i mirar-te fins que ens cansem i que cap dels dos sàpiga, qui mira a qui. Un ball confós de nit amb quatre ulls llençant maleïdes espurnes...
sábado, julio 30, 2005
martes, julio 19, 2005
Un imperdible en mi zaguán
Zaguán: Del ár. hisp. istawán, y este del ár. clás. usṭuwān[ah]). 1. m. Espacio cubierto situado dentro de una casa, que sirve de entrada a ella y está inmediato a la puerta de la calle
Caminaba descalza un día por un lugar llamado Baetulo pensando en mi vicio de ir con los pies al descubierto y en las insuficientes advertencias de mi hermano mediano que me aseguraba que si iba sin zapatillas, cogería el tifus. Pero ni esa situación mortal frenaba mi rumbo del binomio piel-baldosa.Caminaba descalza y al cruzar la puerta que daba paso de Baetulo a Cultumarquinal (un pueblo a las afueras de Baetulo donde la reina era la señora Apariencia y el olor a rancio era la fragancia más preciada), me pinché. La sangre de mi pie izquierdo dibujó un rastro en las frías baldosas blancas simulando a Nena Daconte en su búsqueda de una farmacia en el sur de Francia. Me agaché para ver qué era lo que me había agujereado el pie y me encontré a un pequeño imperdible abierto en el zaguán. Lo cogí cuidadosamente para guardarlo por si acaso me podía servir algún día y al poco tiempo decidí que quería ser su amiga. Pero apenas coger el imperdible, se cerró. El muy puñetero me avisó de que sólo se abría una vez al año y que mi oportunidad ya había pasado, ya que le había pisado vilmente y raptado sin su permiso para mi uso y disfrute. Entonces, me cogió un poco de manía. Así que tuve que esperar un año más para tener la oportunidad de hacerme su amiga antes de que se cerrara otra vez. Sí, ya lo he dicho, era un imperdible puñetero y muy suyo, algo reservado para sus cosas pero en el fondo de los fondos de los zaguanes más profundos había un trozo de metal que me quería un poco. Me di cuenta en una de esas tardes de desidia en la frontera que me dijo que quería ser independiente, que había un día de verano que lo era, y salía del zaguán para celebrarlo tirando cohetes. Entonces me percaté de que un imperdible cerrado no podía encender mechas de cohetes, y mucho menos de fósforos, de eso que encienden la vida.La decimoséptima vez que se abrió aproveché la ocasión, me disfracé de descosido para que sujetara mis harapos, me hiciera un remiendo con su presencia y no tuviera otro remedio que estar pegadito a mí durante toda su apertura y encerrarme y abrazarme con sus finos hierros en él lo que restara de año de clausura. La trampa que le tendí funcionó, entre cacaolats e historias me dio una oportunidad y en su zaguán me colé con un permiso falso camuflado entre alioli y Fanta de limón. Cuando se dio cuenta del engaño ya era demasiado tarde y había comenzado a quererme, muy a su pesar. Porque ella era un imperdible muy duro y muy cerrado e inaccesible para el mundo mundial y una extraña con afán de protagonismo dejando su rastro de sangre en las baldosas y echándole la culpa a ella no era de su merecer, pero cayó en el error de cogerle cariño y ya estaba sentenciada para el resto de su vida.
Alguien que seguía sus vidas escondido detrás de un antifaz de telaraña escribió el desenlace…
Ese intento frustrado de Nena Daconte pasó a ser una Doña Quijota rumbo al palomar, (rumbo curioso, ya que odiaba las palomas) y una tarde de verano el imperdible abandonó el zaguán para seguir sus andanzas y ver a los gigantes de los que tanto había hablado su doña, con tanta mala suerte que se perdido entre un césped con pulgón. El pulgón empezó a morder los pies de doña Quijota y el imperdible perdido no resistió más y fue en su salvación. Entonces... decidió que un imperdible perdido ya no tenía sentido en la vida, era algo así como inútil, algo así como algo devaluado, y se metamorfoseó en el pulgonicida con la panza mas ancha de todo el prado para ayudar a su amiga y acabar con todos sus males. Un, dos tres,
pulgonicida Marinicida
Y así fue como el imperdible pasó a ser imprescindible y encontró verdaderamente su vocación sulfatando todo lo malo que atacaba a su compañera salteadora de caminos perdidos. Y siguieron viviendo, pinchando con espadas barriles de lambrusco y cocacola, simulando ser damiselas perdidas en Muntanyola, sintiéndose aventureras explorando albaricoques sospechoso, pintarrajeando cd’s inválidos, fotografiando limones, yéndose de exploradoras al prado en busca de peces de tres ojos y de hipólitos en peligro de extinción.Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, me contó un amigo común que las vio donde habita el olvido, juntas, hablando de las cosas de la vida, un día, en unas ramblas, comiéndose unas patatas bravas, entre risas y llantos, quehaceres y zozobras, ilusiones y desengaños, gafas rojas y gafas lilas, tejiendo hilos enredados, enhebrando palabras, segundos, jugando, como si fuera por primera vez, a sortear desilusiones y reírse de sus ombligos.
Gracias por ser una oreja andante dispuesta a grabar cinco horas de palabras laurinales en los peores momentos. Te regalo un tapón para los oídos (elige el que quieras de entre todos los modelos que te propongo) Tu pon cara de “qué jodido es esto que me cuentas, Laura. Ya... te entiendo… Pues pasa…” y con eso bastará, no dejes a tus pobres oídos martirizándose cada dos por tres, anda. Felicidades Marinakis.
Caminaba descalza un día por un lugar llamado Baetulo pensando en mi vicio de ir con los pies al descubierto y en las insuficientes advertencias de mi hermano mediano que me aseguraba que si iba sin zapatillas, cogería el tifus. Pero ni esa situación mortal frenaba mi rumbo del binomio piel-baldosa.Caminaba descalza y al cruzar la puerta que daba paso de Baetulo a Cultumarquinal (un pueblo a las afueras de Baetulo donde la reina era la señora Apariencia y el olor a rancio era la fragancia más preciada), me pinché. La sangre de mi pie izquierdo dibujó un rastro en las frías baldosas blancas simulando a Nena Daconte en su búsqueda de una farmacia en el sur de Francia. Me agaché para ver qué era lo que me había agujereado el pie y me encontré a un pequeño imperdible abierto en el zaguán. Lo cogí cuidadosamente para guardarlo por si acaso me podía servir algún día y al poco tiempo decidí que quería ser su amiga. Pero apenas coger el imperdible, se cerró. El muy puñetero me avisó de que sólo se abría una vez al año y que mi oportunidad ya había pasado, ya que le había pisado vilmente y raptado sin su permiso para mi uso y disfrute. Entonces, me cogió un poco de manía. Así que tuve que esperar un año más para tener la oportunidad de hacerme su amiga antes de que se cerrara otra vez. Sí, ya lo he dicho, era un imperdible puñetero y muy suyo, algo reservado para sus cosas pero en el fondo de los fondos de los zaguanes más profundos había un trozo de metal que me quería un poco. Me di cuenta en una de esas tardes de desidia en la frontera que me dijo que quería ser independiente, que había un día de verano que lo era, y salía del zaguán para celebrarlo tirando cohetes. Entonces me percaté de que un imperdible cerrado no podía encender mechas de cohetes, y mucho menos de fósforos, de eso que encienden la vida.La decimoséptima vez que se abrió aproveché la ocasión, me disfracé de descosido para que sujetara mis harapos, me hiciera un remiendo con su presencia y no tuviera otro remedio que estar pegadito a mí durante toda su apertura y encerrarme y abrazarme con sus finos hierros en él lo que restara de año de clausura. La trampa que le tendí funcionó, entre cacaolats e historias me dio una oportunidad y en su zaguán me colé con un permiso falso camuflado entre alioli y Fanta de limón. Cuando se dio cuenta del engaño ya era demasiado tarde y había comenzado a quererme, muy a su pesar. Porque ella era un imperdible muy duro y muy cerrado e inaccesible para el mundo mundial y una extraña con afán de protagonismo dejando su rastro de sangre en las baldosas y echándole la culpa a ella no era de su merecer, pero cayó en el error de cogerle cariño y ya estaba sentenciada para el resto de su vida.
Alguien que seguía sus vidas escondido detrás de un antifaz de telaraña escribió el desenlace…
Ese intento frustrado de Nena Daconte pasó a ser una Doña Quijota rumbo al palomar, (rumbo curioso, ya que odiaba las palomas) y una tarde de verano el imperdible abandonó el zaguán para seguir sus andanzas y ver a los gigantes de los que tanto había hablado su doña, con tanta mala suerte que se perdido entre un césped con pulgón. El pulgón empezó a morder los pies de doña Quijota y el imperdible perdido no resistió más y fue en su salvación. Entonces... decidió que un imperdible perdido ya no tenía sentido en la vida, era algo así como inútil, algo así como algo devaluado, y se metamorfoseó en el pulgonicida con la panza mas ancha de todo el prado para ayudar a su amiga y acabar con todos sus males. Un, dos tres,
pulgonicida Marinicida
Y así fue como el imperdible pasó a ser imprescindible y encontró verdaderamente su vocación sulfatando todo lo malo que atacaba a su compañera salteadora de caminos perdidos. Y siguieron viviendo, pinchando con espadas barriles de lambrusco y cocacola, simulando ser damiselas perdidas en Muntanyola, sintiéndose aventureras explorando albaricoques sospechoso, pintarrajeando cd’s inválidos, fotografiando limones, yéndose de exploradoras al prado en busca de peces de tres ojos y de hipólitos en peligro de extinción.Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, me contó un amigo común que las vio donde habita el olvido, juntas, hablando de las cosas de la vida, un día, en unas ramblas, comiéndose unas patatas bravas, entre risas y llantos, quehaceres y zozobras, ilusiones y desengaños, gafas rojas y gafas lilas, tejiendo hilos enredados, enhebrando palabras, segundos, jugando, como si fuera por primera vez, a sortear desilusiones y reírse de sus ombligos.
Gracias por ser una oreja andante dispuesta a grabar cinco horas de palabras laurinales en los peores momentos. Te regalo un tapón para los oídos (elige el que quieras de entre todos los modelos que te propongo) Tu pon cara de “qué jodido es esto que me cuentas, Laura. Ya... te entiendo… Pues pasa…” y con eso bastará, no dejes a tus pobres oídos martirizándose cada dos por tres, anda. Felicidades Marinakis.
martes, julio 05, 2005
Re-
El día en que perdieron la final recordé por qué me gustó tanto la primera vez que le vi, que le reví, apenas una hora después de que me lo presentaran, de ponerle cara al autor de aquellas crónicas hipólitas mercuriales, cuando se sentó a mi lado en el portal y coincidimos en nuestra obsesión por las escaleras, la suya de madera tipo bombero o electricista, la mía de cemento en espiral, tipo escalo un torreón. Lo recordé porque me reencontré con esa inquietud retransmisora, esas ganas de subir tres millones de escalones de tres mil escaleras para llegar al final y a la final y ganarla y reganarla, esas ganas de caminar tres mil kilómetros creyéndose que son tres y haciéndoselo creer a todos. Un espíritu imparable que no se quedó en el charco de sudor y lágrimas del suelo, que no se perdió con el feo o bonito coletero, que no se exprimió como la guayaba ni fue bebido por nadie con mal gusto en la boca sinó que siguió caminando hasta caer rendido en una mezcla de suelo de cemento y regazo de unos muslos morenos recién depilados. Aún quedaban muchos minutos de juego en sus piernas, pero se acabaron, los intentó prolongar en vano, la vida es un asco ¿eh? Sí, pero menos mal que aún hay cosas que compensan, como que una persona pueda servir de sillón de carne a otra, como intentar arrancar traviesamente (traviesa mente) los pelos de las piernas de alguien y que ese alguien te acaricie la mano de mientras, como confundir de camino al coche un amanecer con unas luces de aeropuerto, como hacerse cuadradito de arena fina en la espinilla, como imaginarse un pez con tres ojos mordiéndome los pies a la orilla del mar negro, como sentir por primera vez lo mucho que quieres a alguien sin que ese querer haga daño a nadie, como esas ganas de hacer el amor de perfil y que luego que descanse la cabeza en tu barriga, haciéndose un remolino en el pelo con el vaivén del estómago, ( respirar con el estómago, no con los pulmones, es básico ¿lo veis? como hacen los bebés). Montaña rusa que te marea y trenza los intestinos y tu pelo a la vez, el respirar con el estómago y el estar con un bebé, a la vez.
Me reencontré con las ganas de que estuviera eternamente mirándome con esa medio sonrisa que no sabe aún por qué la pone pero que resume un momento de complicidad al yo, imitarla sin querer. Me reencontré con esa incoherencia de hablar de Quevedo (metes el dos de bastos y sacas el uno de oros, una nuez que se iba en busca de comida, etcétera) un día, en la playa, a las tres de la mañana, tumbado sobre una toalla que moja más que seca.
Pero también me reencontré mentalmente con el saber los gajes del oficio de genio. Un día sí y otro no, y a las amantes involuntarias de las constancias sentimentales, como yo, esos ires y venires de sus yoes acaban por cansarlas. Además, a los genios se les ata largo, porque sino se ahogan, como dijo no hace mucho uno de ellos, y mis cuerdas a veces se estropean en su afán de expansión y enredo, se astillan y se vuelven cortas, entonces no funcionan. Tengo miedo de mis cuerdas, gajes del oficio de una tejedora de mimbre, especialista en convertir el algodón en esparto.
Me reencontré con las ganas de que estuviera eternamente mirándome con esa medio sonrisa que no sabe aún por qué la pone pero que resume un momento de complicidad al yo, imitarla sin querer. Me reencontré con esa incoherencia de hablar de Quevedo (metes el dos de bastos y sacas el uno de oros, una nuez que se iba en busca de comida, etcétera) un día, en la playa, a las tres de la mañana, tumbado sobre una toalla que moja más que seca.
Pero también me reencontré mentalmente con el saber los gajes del oficio de genio. Un día sí y otro no, y a las amantes involuntarias de las constancias sentimentales, como yo, esos ires y venires de sus yoes acaban por cansarlas. Además, a los genios se les ata largo, porque sino se ahogan, como dijo no hace mucho uno de ellos, y mis cuerdas a veces se estropean en su afán de expansión y enredo, se astillan y se vuelven cortas, entonces no funcionan. Tengo miedo de mis cuerdas, gajes del oficio de una tejedora de mimbre, especialista en convertir el algodón en esparto.
lunes, julio 04, 2005
No querer jugar a Rayuela
No querer jugar a Rayuela. Querer jugar a fútbol de perfil, querer jugar a mirar tu perfil izquierdo, mientras me pregunto si esa luz anaranjada que se ve, es el amanecer o el reflejo de las luces del aeropuerto. – no me preguntes, que me duele-.
06.15 de la mañana, no querer jugar a rayuela. Los pájaros ya están piando y una pareja discute en la calle. No querer jugar a dormir, querer jugar a hacer el amor contigo de perfil.
- Una noche en la que confundí el Mediterráneo con el Mar Negro-
06.15 de la mañana, no querer jugar a rayuela. Los pájaros ya están piando y una pareja discute en la calle. No querer jugar a dormir, querer jugar a hacer el amor contigo de perfil.
- Una noche en la que confundí el Mediterráneo con el Mar Negro-
sábado, julio 02, 2005
Césped con pulgón
Aquel era el día. Sabía que nuestro equipo iba a ascender de categoría y que yo ascendería a una de mis imágenes soñadas: abrazarle en el césped. Pero no fue así. Al encontrarme con él en el terreno de juego, su indiferencia, sus ojos perdidos en otro lugar, sus palabras escuetas, su presencia insuficiente me dejaron algo inválida, algo desvalida, algo sopayasa delante de dos de las personas que más quiero en el mundo, y mi alma en aquel momento no fue más que el pulgón del césped. Me di media vuelta sin decirle ni siquiera adiós. Sólo tenía ganas de girarme enrabietada y decirle que era el tío más gilipollas que había conocido en toda mi vida. Pero una banderita de plástico cuatribarrada y algo así como un balón de un gol que da el ascenso a un equipo me lo impidieron. Y me fui en busca de alguien que mereciera la pena, y encontré a cuatro, qué suerte la mía, quién me lo iba a decir.
Al día siguiente vi por la televisión como unas máquinas estaban arrasando el césped con el pulgón de mis ilusiones. El comentarista de la noticia decía que lo estaban cambiando para poner césped artificial, digno de un equipo de 2B, claro está que no se puede jugar en un césped comido por el pulgón. Quizás deba adecuar también mi corazón- pensé- porque Laura ha subido de categoría y ha dejado atrás con buen gusto divisiones inferiores que no le pertocan. Tú te has quedado en tercera, yo no. Así que se implantará un corazón artificial, de esos que si los desprecias, se dan media vuelta y se van sin más, que no hacen bumbum con la presencia de nadie, ni siquiera en revisiones médicas con un doctor acechante, de esos corazones que no saben sopayasear, de esos que cuando los tocas, están blandos siempre, como la gomaespuma.
Al día siguiente vi por la televisión como unas máquinas estaban arrasando el césped con el pulgón de mis ilusiones. El comentarista de la noticia decía que lo estaban cambiando para poner césped artificial, digno de un equipo de 2B, claro está que no se puede jugar en un césped comido por el pulgón. Quizás deba adecuar también mi corazón- pensé- porque Laura ha subido de categoría y ha dejado atrás con buen gusto divisiones inferiores que no le pertocan. Tú te has quedado en tercera, yo no. Así que se implantará un corazón artificial, de esos que si los desprecias, se dan media vuelta y se van sin más, que no hacen bumbum con la presencia de nadie, ni siquiera en revisiones médicas con un doctor acechante, de esos corazones que no saben sopayasear, de esos que cuando los tocas, están blandos siempre, como la gomaespuma.
domingo, junio 19, 2005
nísperos jaspeados
Me toca ser una loca, sí, por lo que quiero ser, una loca atormentada, pero no pasa nada, aún me queda un margen de tiempo.
Se me han acabado los nísperos y las lágrimas naranjas, y las rojas, y el color, y los filtros. Ya no hay. Y ahora, el sofá es azul (jaspeado).
Se me ha acabado el final de mi pelo que creía interminable, pero no. Me da igual. Lo más trágico de hoy no es mi soledad, ni mi imaginación dibujándote en el sofá azul (jaspeado) mirándome de reojo, ni el sol dibujando cenefas naranjas en un suelo (jaspeado) y caliente. No, lo más trágico de hoy es que se me han acabado los nísperos de José María.
Después de comer unos espaguetis recalentados, no estaban donde ayer los encontré, no preví su desaparición, qué inconsciente. No. En su lugar había unas cerezas suculentamente vomitivas, unos melocotones deliciosamente flácidos, aguados, se nos escapa la vida en su deshacer, unos nísperos de plástico pintados con unas manchas negras de fuel, patético intento de imitación de jaspeado. Unos nísperos inválidos, artificiales, duros, inenarrables, incomibles. He sacado el cuchillo, aunque me hubiera hecho falta un serrucho para desmenuzarlo, para ver si su interior me daba una sorpresa, como a veces suele ocurrir con otras cosas, para ver su núcleo, pero no, un níspero sin hueso ni pinyol, un níspero de cartón piedra, de pladul, sin corazón, sin alma, un níspero de basurero, de estercolero, un níspero que ni en sus mejores sueños seria la clonación cutre de un níspero de José María.
He llamado a mi madre, más allá de los Pirineos:
- Mama, ¿qué pasó con el níspero de nuestro patio?
- ¿Ese? Se secó, creo, y lo arranqué, ¿por qué?
- No, por nada
- ¿Te has comido los espaguetis? ¿Estaban buenos?
- Sí, mucho.
Mentira, no se secó, estoy segura de que lo arrancó, posiblemente era una molestia para ella. Cuando algo da problemas, lo devuelve, lo tira, lo corta, lo mata,. Como mi hámster, como mi tortuga, como mi níspero, menos mal que no hizo lo mismo con mi padre, por eso se lo perdono todo. Ahora quizás él está con mi níspero, los dos, muertos, llorados, añorados.
Pero hoy se me han acabado los nísperos de José María. Nuestro vecino, era. Tenía dos nísperos que los había plantado su madre, la abuela Paca, uno al lado de la intransitable calle de un pequeño pueblo de Tarragona, otro, rozando el pasillo que lleva al patio de mi casa, tímidamente inclinándose para que yo le cogiera, ¿quién le iba a querer más que yo? Nadie, por eso se venía hacia mi casa. Hasta que un día pillé a mi madre cortando las ramas que invadían mi casa.
- ¿qué haces? ¡No las cortes!
- Me están poniendo todo perdido ¿no ves? Entre los pájaros, las hojas asquerosas estas, y los nísperos que se caen de maduros, lo están pringando todo.
- ¡Estate quieta!
- Pero Laura, hija, que ya crecerán otra vez, que así le estoy sanando.
Así es ella, práctica, mutilando al pobre níspero que se caía en mis brazos, en mi paladar.
- Laura, todos los nísperos que pasen de la valla son tuyos, no te preocupes – me había dicho José Maria, el ex mejor amigo de mi padre, el fanfarrón de nuestro ex barrio, Sant Andreu, odiado por mi madre (el barrio y el amigo) y luego, finalmente, por mi padre.
- Sí sí, estoy en todo mi derecho, ¡es mi propiedad!- contesté yo entre risas, con apenas ocho años, mientras me bañaba en una piscina, objeto de batalla mucho tiempo atrás sin yo saberlo.
Pero no he venido a hablar ni de piscinas ni de batallas. He venido a hablar de mi níspero, ¿está claro?
- Laura, te he cogido los que he podido, están en la cesta de la cocina, los demás se los ha llevado la Luci antes de que se lo coman los pájaros.
Malditos pájaros, no me gustan, qué le voy a hacer. Cuando emprenden el vuelo se me antoja que se van a posar en toda mi cara, estampándose de lleno, jaspeándomela, comiéndole sus asquerosas patas, disfrazándome con sus repugnantes plumas. Pájaros, mi manjar no está hecho para su paladar, los nísperos son míos, ¿estamos?
Me llevé la cesta a mi casa, para que acabaran de madurar conmigo. Juntos mejor. Me acariciaba con sus ramas pelosas, me hacía un vestido con sus ásperas, recias, alargadas hojas, y me deshacía con él cuando se metía en mi boca. ¡Aguachinao! No, mama, no están aguachinaos, están en su punto, están frágiles, dulces, inocentes. Me da pudor desvestirlos con el cuchillo, no quiero arrancarle ningún pedazo, le quito la piel con los dedos, poco a poco, con los dientes desafilados para la ocasión, hasta que me encuentro con su corazón, marrón, duro, el núcleo, pero blanco por dentro, incomible, lo tiro a la basura, como debería hacer contigo, pero de momento no, estás tan bonito sentado en ese sofá azul (jaspeado) que te voy a dar un tiempo más de vida.
Pero hoy, se me han acabado los nísperos de José María. Para cuando vuelva a por más, los pájaros ya se los habrán comido todos, los habrán picoteado a desgracia, con rencor, pensando en mí, alzando el vuelo para cagarse en el fin de mi pelo negro, posándose en los agujeros de mi nariz, cerrándome violentamente los ojos con sus putrefactas alas, ¿Pero sabes qué? El níspero me quiere a mí, por eso se inclina hacia mi casa, por eso crece hacia el lado izquierdo y no hacia arriba ni hacia la derecha, porque ellos vienen a caerse rendidos, cansados de tanto estar colgados, a mi regazo, a mi entrepierna, para que los acaricie, para descansar una tarde de domingo en un sofá azul (jaspeado) escuchando el fútbol por la radio.
José María murió seis meses después que mi padre (y diez o doce años después que mi níspero) del mismo mal, el mismo mal que les comió, les secó poco a poco, picoteándoles a mala gana hasta acabar con ellos. Pero estoy segura que un níspero, bañándose feliz en una piscina de lágrimas saladas, durmiendo la siesta en un sofá azul (jaspeado) un níspero comiéndose los bichitos que se estaban devorando a mi padre y a su ya no ex mejor amigo José María, les hubiera salvado.
A mi padre, a José María, al níspero de mi patio.
Se me han acabado los nísperos y las lágrimas naranjas, y las rojas, y el color, y los filtros. Ya no hay. Y ahora, el sofá es azul (jaspeado).
Se me ha acabado el final de mi pelo que creía interminable, pero no. Me da igual. Lo más trágico de hoy no es mi soledad, ni mi imaginación dibujándote en el sofá azul (jaspeado) mirándome de reojo, ni el sol dibujando cenefas naranjas en un suelo (jaspeado) y caliente. No, lo más trágico de hoy es que se me han acabado los nísperos de José María.
Después de comer unos espaguetis recalentados, no estaban donde ayer los encontré, no preví su desaparición, qué inconsciente. No. En su lugar había unas cerezas suculentamente vomitivas, unos melocotones deliciosamente flácidos, aguados, se nos escapa la vida en su deshacer, unos nísperos de plástico pintados con unas manchas negras de fuel, patético intento de imitación de jaspeado. Unos nísperos inválidos, artificiales, duros, inenarrables, incomibles. He sacado el cuchillo, aunque me hubiera hecho falta un serrucho para desmenuzarlo, para ver si su interior me daba una sorpresa, como a veces suele ocurrir con otras cosas, para ver su núcleo, pero no, un níspero sin hueso ni pinyol, un níspero de cartón piedra, de pladul, sin corazón, sin alma, un níspero de basurero, de estercolero, un níspero que ni en sus mejores sueños seria la clonación cutre de un níspero de José María.
He llamado a mi madre, más allá de los Pirineos:
- Mama, ¿qué pasó con el níspero de nuestro patio?
- ¿Ese? Se secó, creo, y lo arranqué, ¿por qué?
- No, por nada
- ¿Te has comido los espaguetis? ¿Estaban buenos?
- Sí, mucho.
Mentira, no se secó, estoy segura de que lo arrancó, posiblemente era una molestia para ella. Cuando algo da problemas, lo devuelve, lo tira, lo corta, lo mata,. Como mi hámster, como mi tortuga, como mi níspero, menos mal que no hizo lo mismo con mi padre, por eso se lo perdono todo. Ahora quizás él está con mi níspero, los dos, muertos, llorados, añorados.
Pero hoy se me han acabado los nísperos de José María. Nuestro vecino, era. Tenía dos nísperos que los había plantado su madre, la abuela Paca, uno al lado de la intransitable calle de un pequeño pueblo de Tarragona, otro, rozando el pasillo que lleva al patio de mi casa, tímidamente inclinándose para que yo le cogiera, ¿quién le iba a querer más que yo? Nadie, por eso se venía hacia mi casa. Hasta que un día pillé a mi madre cortando las ramas que invadían mi casa.
- ¿qué haces? ¡No las cortes!
- Me están poniendo todo perdido ¿no ves? Entre los pájaros, las hojas asquerosas estas, y los nísperos que se caen de maduros, lo están pringando todo.
- ¡Estate quieta!
- Pero Laura, hija, que ya crecerán otra vez, que así le estoy sanando.
Así es ella, práctica, mutilando al pobre níspero que se caía en mis brazos, en mi paladar.
- Laura, todos los nísperos que pasen de la valla son tuyos, no te preocupes – me había dicho José Maria, el ex mejor amigo de mi padre, el fanfarrón de nuestro ex barrio, Sant Andreu, odiado por mi madre (el barrio y el amigo) y luego, finalmente, por mi padre.
- Sí sí, estoy en todo mi derecho, ¡es mi propiedad!- contesté yo entre risas, con apenas ocho años, mientras me bañaba en una piscina, objeto de batalla mucho tiempo atrás sin yo saberlo.
Pero no he venido a hablar ni de piscinas ni de batallas. He venido a hablar de mi níspero, ¿está claro?
- Laura, te he cogido los que he podido, están en la cesta de la cocina, los demás se los ha llevado la Luci antes de que se lo coman los pájaros.
Malditos pájaros, no me gustan, qué le voy a hacer. Cuando emprenden el vuelo se me antoja que se van a posar en toda mi cara, estampándose de lleno, jaspeándomela, comiéndole sus asquerosas patas, disfrazándome con sus repugnantes plumas. Pájaros, mi manjar no está hecho para su paladar, los nísperos son míos, ¿estamos?
Me llevé la cesta a mi casa, para que acabaran de madurar conmigo. Juntos mejor. Me acariciaba con sus ramas pelosas, me hacía un vestido con sus ásperas, recias, alargadas hojas, y me deshacía con él cuando se metía en mi boca. ¡Aguachinao! No, mama, no están aguachinaos, están en su punto, están frágiles, dulces, inocentes. Me da pudor desvestirlos con el cuchillo, no quiero arrancarle ningún pedazo, le quito la piel con los dedos, poco a poco, con los dientes desafilados para la ocasión, hasta que me encuentro con su corazón, marrón, duro, el núcleo, pero blanco por dentro, incomible, lo tiro a la basura, como debería hacer contigo, pero de momento no, estás tan bonito sentado en ese sofá azul (jaspeado) que te voy a dar un tiempo más de vida.
Pero hoy, se me han acabado los nísperos de José María. Para cuando vuelva a por más, los pájaros ya se los habrán comido todos, los habrán picoteado a desgracia, con rencor, pensando en mí, alzando el vuelo para cagarse en el fin de mi pelo negro, posándose en los agujeros de mi nariz, cerrándome violentamente los ojos con sus putrefactas alas, ¿Pero sabes qué? El níspero me quiere a mí, por eso se inclina hacia mi casa, por eso crece hacia el lado izquierdo y no hacia arriba ni hacia la derecha, porque ellos vienen a caerse rendidos, cansados de tanto estar colgados, a mi regazo, a mi entrepierna, para que los acaricie, para descansar una tarde de domingo en un sofá azul (jaspeado) escuchando el fútbol por la radio.
José María murió seis meses después que mi padre (y diez o doce años después que mi níspero) del mismo mal, el mismo mal que les comió, les secó poco a poco, picoteándoles a mala gana hasta acabar con ellos. Pero estoy segura que un níspero, bañándose feliz en una piscina de lágrimas saladas, durmiendo la siesta en un sofá azul (jaspeado) un níspero comiéndose los bichitos que se estaban devorando a mi padre y a su ya no ex mejor amigo José María, les hubiera salvado.
A mi padre, a José María, al níspero de mi patio.
viernes, junio 10, 2005
Cinco vías de tren
Nos separaban cinco vías de tren.
Cinco terribles vías.
Vías que tiemblo al cruzar desde que vi Tomates verdes fritos.
Y más aún desde que un día, curioseando en una estación, vi un zapato al lado del rail.
Eran las ocho de la tarde de una primavera en su ecuador, hace poco más de un año, y yo no llevaba gafas. Quien padece de miopía sabe que a esas horas, los contornos lejanos, y no tan lejanos, empiezan a difumarse. Pero mi escueto 0.75 me salvó. Tenía frío, el bikini, la falda, la pequeña camiseta de tirantes, se habían quedado ligeras para aquel día de playa que resultó ser lluvioso, tantas más cosas fueron lluviosas después, que ya las paso por alto. Creo recordar que llevaba una chaqueta fina, azul, menos mal. El pelo, medio mojado, trenzado. En la bolsa, una toalla con restos de arena, unos apuntes maltrechos, una factura de un pequeño restaurante, unas gafas lilas perdidas, un corazón que decidí que sería mejor guardarlo para otra ocasión, asqueroso, más maltrecho que los apuntes, más manoseado que mis piernas, más sopayaso que yo.
Nos separaban cinco vías del tren, y yo casi ya ni podía verle.
Cobardemente, antes de meter la tarjeta por las dichosas máquinas cortabrazos, le había dado un sobre. Y me fui, corrí por los corredizos subterráneos que pasean por debajo de las vías, sin esperar respuestas, sin nada. Ten, te he comprado esto, no es nada, me hacía gracia y... eso, no es nada. Adiós, un beso. Laura, espera, qué tonta, ñst. No espero, no me da la gana.
Nos separaban cinco vías, pero a lo lejos, vi a alguien dando saltos y haciéndome señales con la mano para que me diera cuenta de que aún estaba allí. Le identifiqué. Vi como metía la mano en el pequeño sobre marrón, sacaba la caja de música sin caja, sólo con el cilindro de metal lleno de puntitos que, al darle cuerda y al tocar con las tiras de metal opuestas, hacía que sonara una melodía. Yesterday... I’m not half the woman I used to be... Se lo acercó a la oreja, y muy despacito fue girando la manivela, así hasta que sonó toda la canción. Yo, cinco vías más allá, seguía la música, Suddenly, sin querer llorar son una leve sonrisilla en la boca, y a punto de no conseguirlo. Al acabar, se llevó las manos al corazón, yo a los ojos. – maldita miopía, con el agua aún es peor-
Cuando sus manos se separaron de la caja, del metal, del corazón, de mí, se dio la vuelta y cogió la calle mayor, rumbo a su casa, 1392 m en línea recta. Yo subí al tren, una hora de trayecto, sin apuntes, sin corazón, sin música, sin agua, sin arena, sin nada, sólo con su sabor aún en mi boca, con la marca de sus dedos en mis labios. No me dio la mano. Yo nunca se lo perdoné. Pero nos separaban cinco vías de tren, quizás cuatro, muchos años, mucha vida, tampoco fue su culpa.
Cinco terribles vías.
Vías que tiemblo al cruzar desde que vi Tomates verdes fritos.
Y más aún desde que un día, curioseando en una estación, vi un zapato al lado del rail.
Eran las ocho de la tarde de una primavera en su ecuador, hace poco más de un año, y yo no llevaba gafas. Quien padece de miopía sabe que a esas horas, los contornos lejanos, y no tan lejanos, empiezan a difumarse. Pero mi escueto 0.75 me salvó. Tenía frío, el bikini, la falda, la pequeña camiseta de tirantes, se habían quedado ligeras para aquel día de playa que resultó ser lluvioso, tantas más cosas fueron lluviosas después, que ya las paso por alto. Creo recordar que llevaba una chaqueta fina, azul, menos mal. El pelo, medio mojado, trenzado. En la bolsa, una toalla con restos de arena, unos apuntes maltrechos, una factura de un pequeño restaurante, unas gafas lilas perdidas, un corazón que decidí que sería mejor guardarlo para otra ocasión, asqueroso, más maltrecho que los apuntes, más manoseado que mis piernas, más sopayaso que yo.
Nos separaban cinco vías del tren, y yo casi ya ni podía verle.
Cobardemente, antes de meter la tarjeta por las dichosas máquinas cortabrazos, le había dado un sobre. Y me fui, corrí por los corredizos subterráneos que pasean por debajo de las vías, sin esperar respuestas, sin nada. Ten, te he comprado esto, no es nada, me hacía gracia y... eso, no es nada. Adiós, un beso. Laura, espera, qué tonta, ñst. No espero, no me da la gana.
Nos separaban cinco vías, pero a lo lejos, vi a alguien dando saltos y haciéndome señales con la mano para que me diera cuenta de que aún estaba allí. Le identifiqué. Vi como metía la mano en el pequeño sobre marrón, sacaba la caja de música sin caja, sólo con el cilindro de metal lleno de puntitos que, al darle cuerda y al tocar con las tiras de metal opuestas, hacía que sonara una melodía. Yesterday... I’m not half the woman I used to be... Se lo acercó a la oreja, y muy despacito fue girando la manivela, así hasta que sonó toda la canción. Yo, cinco vías más allá, seguía la música, Suddenly, sin querer llorar son una leve sonrisilla en la boca, y a punto de no conseguirlo. Al acabar, se llevó las manos al corazón, yo a los ojos. – maldita miopía, con el agua aún es peor-
Cuando sus manos se separaron de la caja, del metal, del corazón, de mí, se dio la vuelta y cogió la calle mayor, rumbo a su casa, 1392 m en línea recta. Yo subí al tren, una hora de trayecto, sin apuntes, sin corazón, sin música, sin agua, sin arena, sin nada, sólo con su sabor aún en mi boca, con la marca de sus dedos en mis labios. No me dio la mano. Yo nunca se lo perdoné. Pero nos separaban cinco vías de tren, quizás cuatro, muchos años, mucha vida, tampoco fue su culpa.
martes, junio 07, 2005
Explorándome, descubriéndome, tocándome los huevos

Descubriendo mis dientes con sus dedos, trenzándome el pelo, sin decirme nunca "te quiero" sigue rozándome las piernas, creyendo que me despeina, enredándome las extremidades, trepando por mis costillas, clavándome las astillas. Continúan volando en mi estómago sus mini yoes revoltosos, siempre de puntillas sigiloso por los toboganes de mi clavícula... siempre, él, tocándome los huevos.
lunes, mayo 23, 2005
Piedras blancas
Cuando me propusieron el trabajo, me imaginé contando guisantes con pinzas para las cejas durante toda una noche, con un foco apuntándome en la frente, sudando la gota gorda, amenazada de muerte por un tren que se veía a lo lejos.
Me encargaron limpiar una a una las ennegrecidas piedras de dos estaciones de metro de la línea roja. Se ve que a los encargados de imagen y marketing de la TMB se les había metido en la cabeza cambiar el aspecto de las vías sin eliminar las míticas piedras.
Mi tarea se realizaría de 12 a 5 de la madrugada, cuando no hay circulación de trenes. Utilizaría una disolución de agua, amoníaco, blanco de españa y salfumán, además, mi cuerpo estaría provisto de un complejo sistema de alienación para no morir intoxicada.
Tenía, además, otra tarea: devolver a la extensa familia de ratones que allí habitaba su color blanco inicial, porque sino delataría su existencia entre las piedras blancas.
Era un reto para mí, sin duda. Mi paciencia era inexistente, mi miedo a las vías, aterrador, mi claustrofobia e inoperancia nocturna, alarmante, pero necesitaba el dinero y esta era una manera de enfrentarme a mí misma.
Y allí me planté, con mi traje aislador con mascarilla incluida, con la disolución tóxica en un cubo de metal, y con un despertador con la aguja apuntando a las 5 de la mañana por si acaso me dormía mientras bañaba a algún ratón en la mezcla de jabón para ratones. Empecé a limpiar las piedras, todo iba bien, empecé a cazar ratones, todo iba bien, no me ahogaba, no me dormía, no pasaba nada extraño, hasta que sentí a un perro olisqueándome los pies y el grito de un guardia de seguridad: ¡no limpies más! Resultó que había limpiado toda la estación, ahora parecía una estación de esquí, y no de metro. No se veía el rojo que indicaba el color de la línea, ni tampoco los mapas para saber hacia dónde se dirigía el metro. Los trabajadores, perdidos, no sabían que hacer. Me despidieron del trabajo, no cobré y seguí soñando en blanco hasta el día de hoy.
Me encargaron limpiar una a una las ennegrecidas piedras de dos estaciones de metro de la línea roja. Se ve que a los encargados de imagen y marketing de la TMB se les había metido en la cabeza cambiar el aspecto de las vías sin eliminar las míticas piedras.
Mi tarea se realizaría de 12 a 5 de la madrugada, cuando no hay circulación de trenes. Utilizaría una disolución de agua, amoníaco, blanco de españa y salfumán, además, mi cuerpo estaría provisto de un complejo sistema de alienación para no morir intoxicada.
Tenía, además, otra tarea: devolver a la extensa familia de ratones que allí habitaba su color blanco inicial, porque sino delataría su existencia entre las piedras blancas.
Era un reto para mí, sin duda. Mi paciencia era inexistente, mi miedo a las vías, aterrador, mi claustrofobia e inoperancia nocturna, alarmante, pero necesitaba el dinero y esta era una manera de enfrentarme a mí misma.
Y allí me planté, con mi traje aislador con mascarilla incluida, con la disolución tóxica en un cubo de metal, y con un despertador con la aguja apuntando a las 5 de la mañana por si acaso me dormía mientras bañaba a algún ratón en la mezcla de jabón para ratones. Empecé a limpiar las piedras, todo iba bien, empecé a cazar ratones, todo iba bien, no me ahogaba, no me dormía, no pasaba nada extraño, hasta que sentí a un perro olisqueándome los pies y el grito de un guardia de seguridad: ¡no limpies más! Resultó que había limpiado toda la estación, ahora parecía una estación de esquí, y no de metro. No se veía el rojo que indicaba el color de la línea, ni tampoco los mapas para saber hacia dónde se dirigía el metro. Los trabajadores, perdidos, no sabían que hacer. Me despidieron del trabajo, no cobré y seguí soñando en blanco hasta el día de hoy.
martes, mayo 17, 2005
Cosas que haría en el mejor día de mi vida
Haría collares de macarrones
Agujerearía las pechinas después de cogerlas en la orilla de la playa de Cunit
Contaría uno a uno los adoquines de mi antigua calle
Contaría uno a uno los pasos que hay desde la estación hasta tu casa
Pulsaría todas tus pecas para accionar los botones de tu piel
Contaría los colores de una tienda de ropa
Mediría la altura de mis tacones favoritos
Cantaría el gol que llevaría a mi equipo a la Champions League
Cantaría una canción de cuna a mi sobrino compuesta por Psique
Le haría una trenza a Aisha
Tocaría todas las cuerdas de un arpa
Bajaría sin frenos el loopin de una montaña rusa
Mordería, uno a uno, los pliegues de tu espalda
Dormiría una siesta en un sofá rojo
Explicaría mis historias a mi padre, allí en el cielo
Respiraría el olor de las piedras de los raíles de tren de la estación de Sant Andreu
Dejaría caer una a una mis lágrimas de lana, y con ellas, secaría las tuyas de agua salada
Contaría las bolitas de tu collar de pinchos
Desharía los hilos de teléfono y haría con ellos un sillón para sentarnos, los dos, a conversar.
Cogería los ratones del metro y los limpiaría hasta que fueran blancos.
Comería un níspero, una fresa, una cereza, unas patatas bravas, mascaría un chicle de cola, tragaría un helado de mitad chocolate mitad straciatella
Tallaría en un trozo de madera un lugar para los dos
Encendería la ya inexistente chimenea de mi casa y esnifaría los restos de ceniza.
Y por qué no, cenaría con Richard Gere, etcétera.
Y no me daría tiempo de hacerlo todo.
Agujerearía las pechinas después de cogerlas en la orilla de la playa de Cunit
Contaría uno a uno los adoquines de mi antigua calle
Contaría uno a uno los pasos que hay desde la estación hasta tu casa
Pulsaría todas tus pecas para accionar los botones de tu piel
Contaría los colores de una tienda de ropa
Mediría la altura de mis tacones favoritos
Cantaría el gol que llevaría a mi equipo a la Champions League
Cantaría una canción de cuna a mi sobrino compuesta por Psique
Le haría una trenza a Aisha
Tocaría todas las cuerdas de un arpa
Bajaría sin frenos el loopin de una montaña rusa
Mordería, uno a uno, los pliegues de tu espalda
Dormiría una siesta en un sofá rojo
Explicaría mis historias a mi padre, allí en el cielo
Respiraría el olor de las piedras de los raíles de tren de la estación de Sant Andreu
Dejaría caer una a una mis lágrimas de lana, y con ellas, secaría las tuyas de agua salada
Contaría las bolitas de tu collar de pinchos
Desharía los hilos de teléfono y haría con ellos un sillón para sentarnos, los dos, a conversar.
Cogería los ratones del metro y los limpiaría hasta que fueran blancos.
Comería un níspero, una fresa, una cereza, unas patatas bravas, mascaría un chicle de cola, tragaría un helado de mitad chocolate mitad straciatella
Tallaría en un trozo de madera un lugar para los dos
Encendería la ya inexistente chimenea de mi casa y esnifaría los restos de ceniza.
Y por qué no, cenaría con Richard Gere, etcétera.
Y no me daría tiempo de hacerlo todo.
domingo, mayo 08, 2005
Plusmarquista en salto de agujeros
Yo iba para campeona del mundo en salto de agujeros, de huecos, de baches, de vacíos. Empecé saltando los agujeros sin adoquines donde crecían los plátanos de la calle Irlanda, de la mano de mi hermano mayor, hasta que un día me soltó, y bajo mi sorpresa, no caí. Seguí saltando los huecos donde el agua se amontonaba los días lluviosos haciendo charcos, cuando a la mayoría lo que le entusiasmaba era caer de lleno en ellos y salpicar a todo lo que hubiera a su alrededor, ya fuera una vieja refunfuñona o un York Shire sin lazo y sin chubasquero (a mi no me gustaba saltar encima de los charcos porque se me habían roto mis botas verdes de agua de Snoopy, y saltar en los charcos, sin mis botas verdes de agua de Snoopy, ya no tenía gracia). Continué con los vacíos provistos de vallas amarillas y de montones de tierra húmeda de las obras de mi calle, Castellbell, aventura eterna.
Salté los baches de camino al colegio, Pegaso, (Pegaso saltaba también en el dibujo de mi chándal) salté los baches de la carretera cuando el Renault 12 se movía, de la vida, que fueron unos cuantos, pero los salté, porque yo iba para campeona del mundo en saltos de agujeros.
Un día me dijeron que por qué no probaba saltar muros, vallas rayadas, que me dejara ya de agujeros provistos de arena y de agua. Cogí carrerilla, elevé la pierna y la rodilla tal y como me había dicho mi profesora de cuatrocientos valla y mi frente se aposentó en los grumos granate de la pista de atletismo –menos mal que no es el cemento del patio del colegio, sino aquí me quedo– pensé, me levanté y seguí corriendo en busca de huecos, pues estaba claro que las alturas no eran lo mío, lo dejaría para más adelante.
En busca de más vacíos (no existenciales, de momento) seguí saltando y saltando, y salté un río, y me fui al exilio. Me dieron mi primera medalla por saltar el Besós. Fue el salto más largo, pero el peor, el desencadenante de más saltos obligados por los cuales no me dieron ninguna medalla, ni palmaditas en la espalda, ni un podium de gratitud, ni un diploma de consolación.
Hasta el día que descubrí a mi vecino de enfrente y me enamoré de él. Creí que podía saltar el hueco de la calle simulando las mejores aventuras de los tebeos que él leía en su balcón. Calculé mal la distancia entre ambos bloques, olvidando por completo de que vivíamos en un cuarto y a mí no se me daban bien las alturas. Y ahí me quedé, en el gran salto, colgada de un cable de la luz, o de teléfono, no sé, en cuatro años, dos meses y tres días no he podido averiguarlo, desde donde escribo en código Morse y mi gran amor lo transcribe en word. Yo iba para campeona de saltos de agujeros, pero me quedé en campeona de equilibrio en diez metros altura, cuatro años, dos meses y tres días. No me atrevo a saltar otra vez.
miércoles, mayo 04, 2005
domingo, abril 24, 2005
Margaritas y terciopelo negro

Abel abraza a Abril.
-¿Por qué no quieres estar conmigo?
Abel pone cara de mecagoenlaputa y vuelve a abrazar a Abril pensando que esa es la respuesta a todas sus preguntas. Que la quiere pero que no se lo va a decir, sueña Abril. A Abril se le caen a pedales esas lagrimillas de plástico azul que tanto odia en público y piensa en verde, y se refugia en sus margaritas, y se disfraza de una de ellas con la esperanza de que así Abel la quiera. A Abel le gustan las margaritas. Abel se disfraza de Abel, y a Abril le gusta aún más. A Abril también le gusta el rojo, rojo sangre de menstruación crónica. Con la menstruación crónica del hombre de rojo a Abril se le acaba el hierro y desvanece, moribunda, en el plástico negro de unos viejos asientos de metro, se esconde en el terciopelo negro de su chaqueta, en el negro sucio de las paredes del túnel, y decide que no le gustan los colores, ni los disfraces, pero se vuelve a poner su careta de margarita recién regada por las gotas pegajosas de jarabe para la tos.
jueves, abril 07, 2005
miércoles, marzo 16, 2005
Pendientes

Los que idearon las torturas chinas tendrían que venir y tomar apuntes de esto, yo, una vez más, sopayaseando delante del enemigo.
En el reflejo de la ventana veo seis círculos, cuatro blancos y dos negros, colgando de mis orejas, son mis pendientes nuevos.
Me abraza
No lo quiero [porque no es de verdad]
Se enfada
Lo quiero
Quiero que me abrace [de verdad]
No me abraza
Esto es una batalla, sin duda. Yo estoy luchando contra ti, eres mi enemigo y tú ni siquiera lo sabes. En una batalla no siempre hacen falta dos, con que uno quiera batallar, ya la hay, porque estas batallando contra la indiferencia de tu contrincante, la mejor enemiga, la que mientras más puñetazos le das, más te duele.
Pastillas para no llorar llevo como pendientes. Cierro la ventana, me he cansado de verme. De mientras, sigo esperando un día de color naranja, en el que me dé igual si tu rojo no vuelve, si se convierte en negro, si se vuelve transparente.
martes, marzo 15, 2005
Plusmarqueando en lágrima fácil
(escrito el lunes 28 de febrero de 2005)
Estoy dispuesta a sopayasear un poco más sólo por ti. Sólo para decirte que ayer, domingo tarde, te echaba de menos. Para decirte que batí todos mis récord en lágrima fácil. Lo tenía por haber llorado viendo Cásper, ayer, la plusmarquista sin igual, Laura G., lloró viendo una película de Charles Chaplin, Charlot, Luces de Ciudad, cuando el propósito de aquel “pobre” hombre era el de hacerme reír con sus sopayaserías, pues bien, gané yo.
Me entristecí al pensar lo mucho que me que hubiera gustado coger mi coche, aún en el concesionario, dirigirme hacia el Prat, llamar a tu timbre, verte asomado detrás del estor para ver quién coño te ha despertado de la siesta, que me abrieras con cara de dormido y te fueras sin decir nada directamente, de nuevo, al sofá. Al pensar que yo hubiera puesto Luces de Ciudad en el DVD mientras tú hubieras seguido durmiendo, hasta que a las 18.45 la hubiera detenido para poner el teletexto, despertarte, y ver si han ganado, perdido o empatado estos dichosos equipos y ver si nuestro Espanyol, está en Champions, en UEFA o en tu casa, con nosotros.
Y oler por quinta vez los perfumes que vaguean por tu casa, y ver por enésima vez el póster de los Beatles que contiene cien imágenes de cuarteto, y trapichear por vigésima vez los potingues de tu cuarto de baño y preguntarme por trigésima vez si tienes tantas partes del cuerpo para aplicártelos todos, y preocuparme a la vez porque yo no me pongo ni uno. Y curiosear, por octogésima vez, las chapitas que amontonas todas juntas y poder observar que Amélie sigue a la cabeza de ellas.
Y beber de tu vaso inclinado, y robarte en pleno sueño los cojines estampados, y que te enfades, y que te estampe uno en la cara, y que te hagas el dolido, y que te cure con curitasana dándote un millar de besitos de niña arrepentida.
Me vuelvo a tirar alfileres con un tirachinas, ya ves.
Estoy dispuesta a sopayasear un poco más sólo por ti. Sólo para decirte que ayer, domingo tarde, te echaba de menos. Para decirte que batí todos mis récord en lágrima fácil. Lo tenía por haber llorado viendo Cásper, ayer, la plusmarquista sin igual, Laura G., lloró viendo una película de Charles Chaplin, Charlot, Luces de Ciudad, cuando el propósito de aquel “pobre” hombre era el de hacerme reír con sus sopayaserías, pues bien, gané yo.
Me entristecí al pensar lo mucho que me que hubiera gustado coger mi coche, aún en el concesionario, dirigirme hacia el Prat, llamar a tu timbre, verte asomado detrás del estor para ver quién coño te ha despertado de la siesta, que me abrieras con cara de dormido y te fueras sin decir nada directamente, de nuevo, al sofá. Al pensar que yo hubiera puesto Luces de Ciudad en el DVD mientras tú hubieras seguido durmiendo, hasta que a las 18.45 la hubiera detenido para poner el teletexto, despertarte, y ver si han ganado, perdido o empatado estos dichosos equipos y ver si nuestro Espanyol, está en Champions, en UEFA o en tu casa, con nosotros.
Y oler por quinta vez los perfumes que vaguean por tu casa, y ver por enésima vez el póster de los Beatles que contiene cien imágenes de cuarteto, y trapichear por vigésima vez los potingues de tu cuarto de baño y preguntarme por trigésima vez si tienes tantas partes del cuerpo para aplicártelos todos, y preocuparme a la vez porque yo no me pongo ni uno. Y curiosear, por octogésima vez, las chapitas que amontonas todas juntas y poder observar que Amélie sigue a la cabeza de ellas.
Y beber de tu vaso inclinado, y robarte en pleno sueño los cojines estampados, y que te enfades, y que te estampe uno en la cara, y que te hagas el dolido, y que te cure con curitasana dándote un millar de besitos de niña arrepentida.
Me vuelvo a tirar alfileres con un tirachinas, ya ves.
lunes, febrero 28, 2005
Le parapluie
jueves, febrero 17, 2005
miércoles, febrero 16, 2005
El hombre de rojo
Érase una vez el hombre de rojo.
Dicen que tenía la menstruación permanente, el periodo crónico, la regla eterna.
Se sentaba en un sofá rojo mientras me decía que, al final, teníamos muchas cosas en común. “Sí, todas, pero la más importante no”.
Se ponía rojo, pero era mentira, sólo era el reflejo del sofá, o quizás es que yo había encontrado el color complementario del negro*, y era el rojo, y él era mi complementario, el que me absorbía.
Dicen que yo era verde, aunque me veía negra, como en pleno agosto. Puede que si me ponía un filtro verde, seguiría potenciando el rojo, mi rojo, mi hombre de rojo, aquel que ser perdió un día, aquel que casi pilla un tren de mercancías.
___________________________________________________________________
* En fotografía, filtro de contraste blanco y negro: absorben su color y potencian el complementario.
Dicen que tenía la menstruación permanente, el periodo crónico, la regla eterna.
Se sentaba en un sofá rojo mientras me decía que, al final, teníamos muchas cosas en común. “Sí, todas, pero la más importante no”.
Se ponía rojo, pero era mentira, sólo era el reflejo del sofá, o quizás es que yo había encontrado el color complementario del negro*, y era el rojo, y él era mi complementario, el que me absorbía.
Dicen que yo era verde, aunque me veía negra, como en pleno agosto. Puede que si me ponía un filtro verde, seguiría potenciando el rojo, mi rojo, mi hombre de rojo, aquel que ser perdió un día, aquel que casi pilla un tren de mercancías.
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* En fotografía, filtro de contraste blanco y negro: absorben su color y potencian el complementario.
martes, febrero 15, 2005
Blanco y negro, bueno o malo (oscurantismo)
Dicen que lo veo todo negro, que necesito un novio, ¡Qué mal me ven! ─Hostia, no sabía que estaba tan mal─
Preocupación, reflexión: será por mis ojos, que son negros, como el pelo y los pensamientos que cubren. Quizás es el reflejo, como aquel que se pone rojo y se excusa por el jersey. Solución: ponerme en las gafas un filtro de contraste blanco/negro, mis apuntes dicen que absorben y reducen su color y potencian el complementario. ¿Cuál es el color complementario del negro? A ver si hay suerte y es el blanco.
Preocupación, reflexión: será por mis ojos, que son negros, como el pelo y los pensamientos que cubren. Quizás es el reflejo, como aquel que se pone rojo y se excusa por el jersey. Solución: ponerme en las gafas un filtro de contraste blanco/negro, mis apuntes dicen que absorben y reducen su color y potencian el complementario. ¿Cuál es el color complementario del negro? A ver si hay suerte y es el blanco.
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