lunes, febrero 15, 2016

Me quitas el abrigo y no tengo cuerpo

Me quitas el abrigo y no tengo cuerpo.
Se lo ha llevado el viento,
ha naufragado,
está oculto detrás de un banco de niebla.

Me quitas el abrigo y no tengo cuerpo.
Sólo hay ramas secas
cubiertas de musgo
que se deshacen al tacto.

Me quitas el abrigo y no tengo cuerpo
Sólo son dunas que cambian de forma
cuando te acercas.
Millones de granos de arena que no puedes tocar.

Me quitas el abrigo y no tengo cuerpo.
Levita la cabeza sobre un campo invisible
lleno de sol de mediodía.
Es la frontera entre lo que queda
y lo que se ha ido.

lunes, enero 18, 2016

Bufanda

No querías hacerte un nudo en la bufanda por si se quedaba atrapada entre las puertas del tren y te ahorcaba al arrancar.

Sin embargo, poco después, te hiciste corresponsal de guerra y me dejaste.

Conejo

Íbamos por la Calle Sócrates y llevabas mi pequeño conejo en los brazos. Se te cayó al suelo y quedó desnucado, tieso, con los ojos en blanco mirando hacia arriba, muerto. Crucé la acera porque no quería verlo más tiempo así, ni tocarlo, aunque la idea de darle una patada rápida y que quedase a un lado de la carretera para que ningún transeúnte lo viese así se me pasó por la cabeza mientras corría y lloraba en dirección Calle Concepción Arenal, sabiendo, de todas todas, que lo habías tirado a posta.

lunes, julio 07, 2014

Antigüedades

Le veo en la tienda de antigüedades a la que hemos llevado todos los objetos y los muebles que pertenecían a nuestra vida conjunta. No quiere mirarme a la cara, quiere pasar rápidamente al olvido. Yo me acerco y le digo, entre dientes, que va a pagar por todo el daño que me ha hecho, y que si no lo hago yo, lo hará uno de los míos. Consigo, al fin, que me mire, y me dice, moviendo la mano en círculos por su vientre, que si no tengo suficiente con todo lo que está pasando y lleva por dentro. Le digo que no, que quiero su muerte, y me alejo con unas viejas sandalias en la mano.

sábado, julio 09, 2011

Casa Bailly

Casa Bailly, monstruosa y señorial
Hotel Bailly, grafiteado y colonial.

Miro desde la Nacional IV tu dualidad. A tu lado creció una gemela. Convivisteis dignamente hasta que os abandonasteis.

Casa hotel Bailly, doble y abismal.


Ahora la naturaleza crece dentro de ti. De tu tejado sale un árbol, de donde antes salía humo. De donde antes colgaban lámparas de araña, arañas habitan tus deshumanizadas estancias.

Casa Bailly, destruída y sobrenatural.

Te alzas sin esfuerzo sobre una colina artificial llena de maleza y deshechos, colchones y sillones tan vetustos como tú. Y te impones, sin inmutarte, sobre los puentes, las rotondas y las carreteras de la nacional.

Hotel Bailly, distante y colosal.

Dos gemelas de largo pelo blanco trenzado y falda negra hasta los pies
Llegaron y habitaron cada una de tus veintiocho alcobas. Levitaban sobre el suelo agrietado, trepaban, desesperadas, tus desconchadas paredes. Empezaron vuestra autodestrucción. Bebían, se drogaban, dormían a dos pies del suelo, al lado de ventanas sin cristales. Prendieron fuego a su alrededor.

Villa Bailly, destruída y dual.

Un rayo cayó en el árbol que anidabas. Un rayo os partió en dos. Desde entonces, hace casi diez años, os miráis de reojo, sin hablaros, no sabéis nada una de la otra, no sabéis, ninguna de las dos.


Casa hotel Bailly, fulminada y fantasmal.

jueves, abril 22, 2010

La Una mira a la Otra

Yo estoy detrás de ellas.

La Una mira de reojo a la Otra. La Otra trata de ocultar lo que escribe, pero la Una consigue datos. Hay un periódico gratuito. Hay un periódico gratuito (lo sabe porque su volumen no es de más de veinte páginas mal contadas) doblado para que solo quede una página al descubierto. Una página en la que pone, con letra mayúscula y rematada: DÍA DE LA MADRE, y, debajo, varios objetos regalables. Pero a la Una, que se le van a salir los globos oculares por la derecha–no quiere desviar el ángulo de la cabeza con respecto al torso-, mientras disimula leer un dossier de papel reciclado, no le interesan los objetos. Le interesa lo que escribe la Otra en los márgenes, encima, debajo o al lado de los objetos, con letra de cuaderno de escritura de los años 50, con un bolígrafo punta fina que suelta más tinta de la que el papel de periódico puede absorber y hace la tarea de la Una más difícil. Pero la Una logra ver que en el margen izquierdo pone: lunes, (....), jueves. En el marco superior escribe: Lunes, Aquilos (quizás Aquiles), Perro. La Otra parece preocupada en lo que escribe y en que nadie lo sepa. Recelosa, dobla ligeramente el periódico hacia la derecha cuando se da cuenta de que la Una le mira. Pero la Una, insistente, busca excusas para mirar a la derecha: busca el nombre de la estación por la que van, se gira al más mínimo ruido, se pone la mano en el cuello (la mano recorre la columna salomónica que es su cuello) como si le doliera por haber dormido en una mala postura toda la noche. La Otra advierte sus triquiñuelas y se empeña en hacer ilegible lo que escribe. Pero la Una, con su máster en criptología aplicada a la grafología popular, descubre dos datos más: Llorera, Fruto. Llorera y Fruto se van repitiendo a lo largo de la página. La Una trata de buscar una concatenación lógica:

Hipótesis 1: La mujer ha tenido hijos. Pero éstos, sus frutos, ya se han ido. No habrá día de la madre. Esto le produce llorera. Pero, al menos, los lunes y los jueves, puede cuidar de su nieto. El resto de los días, puede cuidar de su perro Aquilos (o Aquiles).

Hipótesis 2: La mujer no ha tenido hijos, decidió no tenerlos. Mira melancólica lo que podría ser un día de la madre. Ésto le produce llorera. Los lunes y los jueves le encantan, son sus días de taller literario, son los únicos en los que da frutos. De mientas, su perro Aquilos (o Aquiles), que lo llamó así porque es su personaje literario favorito, le acompaña.

Hipótesis 3: La mujer está creando un collage posmoderno crítico que va a escanear y colgar en su blog en cuanto llegue a casa, explicando en la entrada el interés ajeno que ha provocado su creación en un lugar público.

La Una, desesperada, llega a su parada. La Otra, cuando la Una se baja, ríe a carcajadas.

domingo, marzo 21, 2010

No sea tonta



Cortometraje "No sea tonta", escrito y dirigido por Laura A. Gallego (Con presupuesto cero y amor noventa y nueve)

sábado, marzo 13, 2010

A ver si tenemos suerte


Más allá de las ventanillas la gente,
que parecía muñecos de papel recortados,
seguía con sus vidas de muñecos de papel recortados.

El dios de las pequeñas cosas.
Arundhati Roy.


Leo: Más allá de las ventanillas la gente, que parecía muñecos de papel recortados, seguía con sus vidas de muñecos de papel recortados.

Suben en la parada Santa Coloma, línea roja, línea uno.

−No son ni las nueve, ¿no, tío? –dice el rubio del gorro de lana, que parece sacado de una estridente comedia televisiva inglesa.

−Bueno, tío, no pasa nada, llegamos allí a las nueve, con la calma, y ya está–responde el otro, recién salido de los ochenta, con la parte anterior del pelo en punta y en la nuca, pegadas unas grandes greñas. Las gafas de cristal amarillento y la montura dorada le descolocan en el espacio-tiempo. Encajaría más en un Renault 11 azul dándose a la fuga. Hay un tercero en discordia que no logro ver y apenas dice nada, solo agita sus piernas compulsivamente, dando pequeños pasos adelante y atrás, al son de una música de verano que no suena.

Trato de leer: Más allá de las ventanillas la gente, que parecía muñecos de papel recortados, seguía con sus vidas de muñecos de papel recortados.

−Oye, ni se te ocurra irte de la boca o nos cortan el paladar, sabes lo que te quiero decir, ¿no?- dice el del gorro.

− ¡Pero qué dices, bocas, si te oí que se lo decías al otro también! – espeta el quinqui ochentero.

Ambos ríen compulsivamente con su broma interna y dejan caer al suelo plastificado del metro las amenazas.

Intento leer: Más allá de las ventanillas la gente, que parecía muñecos de papel recortados, seguía con sus vidas de muñecos de papel recortados.

Estamos sentados de cuatro en cuatro. Cuatro en fila, un espacio de apenas dos metros, y cuatro más. Los veo delante de mí: parecen muñecos de cartón piedra recortados y pegados uno al lado del otro, ni se inmutan, ni se zarandean, ni oyen conversaciones ajenas, ni abren los ojos. Y si los abren, parecen haber resulto al encrucijada de mirar realmente al infinito. Cuatro rostros sin expresión ni ocupación. Trato de buscar una analogía mientras no despego el oído del trío Calatrava. Encuentro una: las figuras de madera ligera que se utilizan para simular una barrera de jugadores en un entreno de fútbol, delante de los cuales, el especialista del Equipo en lanzar faltas al borde del área, se tira buena parte del entrenamiento tratándolos de sobrepasar. La gente, que parece muñecos de barrera de falta al borde del área, sigue con sus vidas de muñecos de barrera de falta al borde del área.

−Espero que no me salga la chiquitaja esa, que el otro día solo me dio la mitad, la hija de puta, tiene más mala folla −relata el anglosantacolomense.

−A mí el otro día me salió la gorda borde de milagro, tío. A ver quién sale hoy, a ver si tenemos suerte −contesta el melenas.

El tercero sigue su meneo. Un pasito pa’lante, uno pa’lao. Los otros dos siguen su movimiento, estiran las piernas, como calentándoselas antes de lanzar una falta en el último minuto. Hablan a gritos pero nadie parece advertirlos. Trato de buscar la mirada cómplice de los sujetos de cartón formando barrera: ninguna. Demasiado ocupadas en el infinito.


−No son ni las nueve, tío. ¿crees que nos abrirán? – pregunta, inquieto, el actor de comedia descocada anglosajona –Nos presentamos allí y…

−…Y si no le echamos la puerta abajo –responde, desesperado, el trasunto de quinqui de extrarradio, viviendo su vida con treinta años de desfase.

Trato de mirar, en la ventanilla de delante, qué es lo que parece el otro cuarteto de cartón-carne, al cual pertenezco y soy un miembro ilustre, pero un anuncio de www.segundamano.es se encarama como una lapa al cristal y me lo impide.

−¿Tú cuánto llevas, tío? – pregunta el actor descarriado en paro.

−Pues nueve −oímos las primeras palabras del meneítos.

−Es que esta gente son unos mierdas, ¿sabes? No quieren calderilla. Solo quieren billetes, los hijos de puta. Pero vamos allí, con la calma, nueve, pum, nueve. A ver si tenemos suerte –maldice el rubito.

−Eh, ¡que esta es nuestra parada!– Lee el vaquilla emblanquecido en el cartel rojo a lo largo del andén, con letras blancas: Trinitat Vella.

Y bajan del vagón, los tres, de un salto. Me giro y los veo subir los escalones de tres en tres. Con la calma.

La gente, que parece muñecos de barrera de falta al borde del área, sigue con sus vidas de muñecos de barrera de falta al borde del área.

A ver si tienen suerte.



N. del A: Un año menos dos días después, vuelvo. ¿Hay alguien ahí?